Cristian se secó el cuerpo y se quitó la camisa mojada, dejando al descubierto un torso firme y musculoso.
El tipo era un patán, sí, pero tenía buena cara y buen cuerpo.
A la enfermera se le iluminaron los ojos.
La mirada de Cristian pasó por la enfermera y se posó disimuladamente en Nerea.
Nerea lo miraba con una franqueza fría e indiferente, sin ninguna emoción, como quien mira un trozo de carne muerta.
Señaló la cama con la barbilla y le habló de mala gana:
—¿Qué miras? Vete a acostar.
Cristian sintió de repente una irritación inexplicable.
No entendía por qué estaba molesto.
¿Estaba enojado consigo mismo por ser tan débil y tener pensamientos impuros con Nerea?
¿O le molestaba que Nerea no sintiera absolutamente nada por él?
¿Tan poco atractivo era?
Cristian apretó las muelas, con evidente disgusto, y se tumbó boca abajo en la cama.
Nerea notó su mala cara, pensó que era un neurótico por ponerle gestos, y procedió a clavarle las agujas con fuerza.
Nerea tenía la mano pesada, y Cristian soltó un gemido de dolor.
—Nerea, ¿te estás vengando?
—Sí —respondió ella. Nunca ocultaba su aversión y odio hacia él; siempre fue muy directa al respecto.
Su franqueza le hizo un nudo en el estómago.
—Nerea, los médicos salvan vidas sin importar fronteras, raza, edad, si son buenos o malos, guapos o feos.
—Pues ve a buscar a uno de esos médicos —dijo Nerea mientras le clavaba otra aguja con fuerza.
Cristian agarró el borde de la cama con tanta fuerza que se le marcaron las venas, y no pudo evitar recordar el pasado.
Hace mucho tiempo, cuando le dolía el estómago, Nerea lo miraba con preocupación y le ponía las agujas con sumo cuidado.
Con cada aguja que ponía, lo miraba y le preguntaba si le dolía o si sentía alguna molestia.
En aquel entonces, Nerea era tan dulce como un sueño.
Al pensar en el pasado, Cristian sintió un momento de aturdimiento y un toque de amargura. Se le escapó decir:
—Nerea, antes no eras así. Antes me preguntabas si me dolía.
—Tú lo has dicho: antes. —La expresión de Nerea no cambió; hacía tiempo que había dejado atrás el pasado y ya no se atormentaba con eso.
Cristian guardó silencio un momento y murmuró:
—¿Podrías ser más suave?
Su voz fue muy baja, no se sabía si se lo decía a la Nerea actual o a la de sus recuerdos.
Nerea lo ignoró olímpicamente y siguió clavando agujas con violencia.
Terminó en un dos por tres, le dejó el resto a la enfermera y pidió que la llamaran en una hora.
Rocío llegó al hospital.
Francisca, al enterarse de que Cristian estaba en la habitación de al lado, la apuró para que fuera a verlo. Rocío llevaba una canasta de frutas.
Al saber que Isabel había drogado a Cristian, Rocío dejó la canasta.
—¿Para qué te traigo fruta? Debería haberte traído unas cuantas chicas guapas.
Cristian la miró inexpresivo, sin decir nada.
Rocío arqueó una ceja.


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