La oscuridad cayó rápidamente sobre el bosque. La visibilidad era casi nula; una negrura absoluta donde las sombras parecían fantasmas acechando.
Por suerte habían hecho antorchas, así no tendrían que ir a ciegas.
Leonardo le buscó a Nerea un palo resistente para usarlo como bastón de senderismo, lo cual le facilitaba el paso y servía para defenderse.
Él seguía abriendo el camino al frente.
Aunque habían tirado sus relojes, celulares y cualquier accesorio al subir al vehículo de escape, Leonardo podía orientarse por la posición del sol, el crecimiento del musgo en los árboles, los anillos de la madera, la estrella polar y la disposición de montañas y ríos.
Era una brújula humana.
Durante las primeras horas, casi no descansaron.
Acababan de comer y tenían energía de sobra.
Planeaban aprovechar su condición física y la ventaja natural de la oscuridad en el denso bosque para distanciarse de una vez por todas.
Hasta eso de las once de la noche, Nerea y Leonardo finalmente se detuvieron a descansar.
Los cangrejos de río que habían guardado se convirtieron en su cena de medianoche.
Eran pequeños, así que se los comían con todo y cáscara; crujían al morderlos.
Nerea, sentada sobre una gran roca lisa, masticaba un cangrejo cuando de repente soltó una risa.
Leonardo, que estaba sentado dándole la espalda para vigilar, giró la cabeza al escucharla.
—¿De qué te ríes?
—Es que me parece increíble.
Antaño, atrapada en un matrimonio fallido, se había sentido perdida, llena de dudas y dolor. Jamás imaginó que su futuro sería tan... intenso.
Estaba sobreviviendo en la naturaleza salvaje.
Aunque era duro y peligroso, también podría describirse como emocionante y estimulante. Una experiencia de vida completamente diferente.
Y lo más importante: estaba con Leonardo.
Leonardo no dejaría que nada le pasara.
Confiaba plenamente en él. A su lado se sentía a salvo.
Al pensar en esto, Nerea dijo de repente:
—Leo, ¿mañana podremos comer carne? Se me antoja un poco.
Leonardo respondió con tono consentidor:
—Yo te la consigo. ¿Qué se te antoja? ¿Faisán, liebre o jabalí?
Un jabalí adulto tenía una fuerza de combate formidable. Con su condición física actual, atraparlo no era imposible, pero requeriría esfuerzo. Sin embargo, atrapar un jabato sería mucho más sencillo.
—Comeré lo que atrapes —dijo Nerea con una leve sonrisa en los labios y alegría en la mirada.
Ni ella misma notó lo luminosa que se había vuelto su sonrisa.
Leonardo asintió.
—Trato hecho. Mañana te atrapo un faisán, pasado mañana una liebre, al siguiente un jabalí, y después...
Mientras charlaban, compartieron los cangrejos.
Luego bebieron un poco de agua de hierbas para reponer vitaminas y fibra.
Pero resulta que solo quería que se defendiera y se escondiera.
Planeaba enfrentarse solo a decenas de lobos.
—Te ayudaré —dijo Nerea.
—Nere...
—Dije que te ayudaré —interrumpió Nerea con firmeza—. No soy una flor delicada. Mi condición física también ha mejorado y sé defensa personal. ¡Puedo ayudarte!
—Leo, sé que te preocupas por mí, pero yo también me preocupo por ti. No voy a esconderme sola en un árbol viendo cómo te atacan.
Mientras discutían espalda con espalda, los más de veinte lobos ya habían comenzado a rodearlos.
—¡Auuu!
Con el aullido del lobo alfa, la manada se abalanzó sobre ellos.
—Entonces ten cuidado, Nere —advirtió Leonardo mientras levantaba el bastón y asestaba un golpe brutal.
El lobo que saltó hacia él con los dientes descubiertos recibió un impacto que le destrozó la cabeza, cayendo flácido al suelo sin poder levantarse más.
Por suerte, la madera del bastón era extremadamente dura y no se rompió con el golpe.
Por otro lado, Nerea empuñó la daga y, con un movimiento certero, degolló al lobo que se le vino encima.
La sangre salpicó el rostro limpio de Nerea, dándole un aspecto temible y letal.
La ferocidad de Nerea y Leonardo intimidó a los lobos restantes.
Por un momento, detuvieron el ataque, dudando y merodeando en el sitio.

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