¿Cómo iba a estar cansado si tenía a la mujer que amaba a su lado?
Además, solo estaban ellos dos, dependiendo el uno del otro.
Esa sensación era maravillosa, increíblemente emocionante.
Especialmente al caer la noche, cuando solo podían estar en esa cueva cerrada y estrecha.
Y más tarde, tendrían que dormir juntos.
Solo de pensarlo, sentía un calor recorrerle el cuerpo y una energía inagotable.
Cuando el agua en el bambú se calentó, Leonardo lo tomó.
—Nere, el agua está lista. Vamos a lavarte los pies.
Habían caminado durante días seguidos, y aunque Nerea no se había quejado ni una vez, Leonardo, por experiencia propia, sabía que debía tener los pies llenos de ampollas.
Ahora que tenían agua y no necesitaban seguir marchando, era imperativo lavarlos bien para evitar que las heridas se infectaran.
Nerea no se hizo del rogar. Se levantó, salió de la cueva, se sentó en el taburete de piedra que Leonardo había puesto afuera y se quitó los zapatos.
De inmediato, un olor potente e intenso golpeó el aire.
Aunque ella lo esperaba, no pudo evitar sentirse avergonzada.
Leonardo salió con la antorcha y se puso en cuclillas a su lado.
—¡No, espera, huele horrible! —Nerea intentó empujarlo para alejarlo.
Leonardo le sujetó la mano y clavó la antorcha en el suelo a un lado.
Luego le tomó el pie, demostrándole con hechos que no le importaba el olor.
—Déjame ver dónde te lastimaste.
—¿Cómo lo sabes?
En las plantas de los pies y en los dedos de Nerea había varias heridas en carne viva, rojas e inflamadas.
A Leonardo se le partió el corazón.
Tomó el bambú y vertió agua tibia para enjuagar los pies de Nerea.
Ella se sentía muy apenada; era la tercera vez que Leonardo le lavaba los pies.
Pero esta vez el olor era realmente fuerte.
Sabía que era por las circunstancias y no por falta de higiene, pero aun así sentía pudor.
—No hace falta, yo puedo hacerlo —dijo apresuradamente.
Leonardo no tenía intención de soltarla y dijo en voz baja:
—La primera vez que entré a entrenar a la selva, se me pelaron los pies. Creí que aguantándome bastaría, pero se me infectaron con hongos y tuve que retirarme de la competencia. Así que hay que lavarlos bien.
—Puedo hacerlo yo misma —repitió Nerea.
Leonardo asintió.
—Yo te echo el agua.
Leonardo vertió el agua mientras Nerea se frotaba los pies.
Cuando quedaron limpios y sin mal olor, Leonardo dijo:
—Nere, te cargo para entrar.
—Puedo caminar.
—¿Vas a entrar descalza o con zapatos?
—Con zapatos.
—Tus zapatos han estado encerrados varios días. Acabas de lavarte los pies, deja que el calzado se oree un poco. Yo te cargo.

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