Cristian veía cómo Nerea se sacrificaba día tras día por esa casa.
Pero en esa casa, excepto la abuela que realmente agradecía y quería a Nerea, los demás eran demonios devoradores de hombres.
Por el bien de esa familia, Nerea incluso había pausado sus estudios.
En la oficina de la Dra. Rangel.
Fabiola tenía el rostro serio, evidentemente enojada.
—¡Nerea! ¿Se te secó el cerebro? ¿Te salió un tumor o te golpeaste la cabeza con la puerta? Si no, ¿por qué demonios vas a abandonar tus estudios por un hombre? ¿Sabes que tu talento te permitiría llegar a la cima de la investigación científica? ¿Sabes qué gran logro y honor sería eso?
Nerea bajó la cabeza.
—Lo siento, Fabiola, te he decepcionado.
Fabiola estaba desconcertada y preguntó:
—¿Quién es ese hombre con tanto encanto para que renuncies a tus estudios? Dímelo, quiero saber.
—Fabiola, mantenemos nuestro matrimonio en secreto.
—¿Y qué? ¿Acaso crees que voy a salir con un altavoz a anunciar quién es tu marido? Habla.
Nerea la miró con dificultad.
—Fabiola...
Fabiola estaba furiosa.
—¡Nerea! ¿Crees que soy una chismosa?
—Es... Cristian.
Fabiola puso cara de incredulidad.
—¿Quién?
—Cristian.
—¡¡¡Ese desgraciado de Cristian!!! Ya fue suficiente con que se fuera él, ¡pero también se lleva a mi estudiante más brillante! ¡Voy a ponerlo como camote, le voy a decir sus verdades! ¡Me va a dar algo del coraje!
Fabiola iba a llamar a Cristian, pero Nerea la detuvo.
Nerea juntó las manos en súplica:
—Fabiola, haz como que no sabes nada, ¿sí? Es un matrimonio secreto, le prometí no decírselo a nadie. Se enojará si sabe que te lo conté.
Fabiola le dio un golpecito en la frente, exasperada.
—Cómo puedes ser tan ciega por amor. Definitivamente, Dios es justo, nadie es perfecto.
***
El embarazo requería muchos chequeos.
Pero Cristian no sabía que eran tantos.
Todas las embarazadas iban acompañadas, ya fuera por el marido o la suegra; solo Nerea iba sola.
Sin importar si llovía, hacía viento, un calor sofocante o un frío intenso.
Nerea hacía cola para sacar ficha, pagaba y corría de arriba a abajo ella sola.
Una vez, tuvo que hacerse análisis de sangre en ayunas. Le sacaron varios tubos y entre cada extracción tenía que esperar un tiempo.
Para cuando Nerea terminó, ya eran casi las 10 de la mañana.
Apenas dio un paso, se sintió mareada, se le oscureció la vista y se desplomó.
Afortunadamente, el familiar de una embarazada que estaba cerca reaccionó rápido y la sostuvo.
Nerea se había desmayado por hipoglucemia; no había desayunado y le habían sacado seis tubos de sangre.
El hombre que la sostuvo gritó:
—¿De quién es esta embarazada? Se desmayó.
Llamó por un buen rato, pero nadie reclamó a Nerea.
—Parece que vino sola, acabo de ver que hizo la fila ella misma.
—Qué pobrecita, embarazada y viniendo sola a hacerse los estudios.
—Exacto, qué marido y suegra tan desalmados, dejar que una embarazada venga sola y en ayunas tan temprano. Qué pecado.


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