Con expresión de profunda aflicción, Patricia llevó una mano a su pecho y suspiró.
—Hermanita, no digas esas cosas. En psiquiatría hay un trastorno que se llama paranoia. ¿No será que tú también estás enfermando? Digo, eres hija de nuestro padre, así que podríamos compartir la misma genética.
—¡Patricia! —ladró Marisa con frialdad—. ¿Qué tonterías estás diciendo?
Patricia la miró con cara de inocencia y los ojos llorosos.
—No son tonterías. Fíjate cómo tiene los ojos rojos y cómo me está gritando como una desquiciada. ¿Acaso no se ve igualita a mí cuando me daban mis crisis? Por cierto, tú misma me llevaste al doctor para que me diagnosticaran.
Patricia le sostuvo la mirada. Detrás de su dulce sonrisa, se escondía una malicia venenosa.
En ese instante, Marisa tuvo la certeza absoluta: Patricia había vuelto para vengarse.
Con los ojos brillando de hostilidad, Marisa preguntó en voz baja:
—¿Me estás culpando de algo, Pati?
En un abrir y cerrar de ojos, la malicia desapareció del rostro de Patricia, reemplazada por una sonrisa jovial.
—¡Claro que no! Solo te sugería que llevaras a mi hermana a revisarse. Es mejor detectarlo a tiempo, mira qué bien quedé yo. ¿No crees?
—¡La única enferma aquí eres tú! ¡Yo estoy perfectamente sana! —gritó Renata, dándole un fuerte empujón a Patricia.
Patricia fingió perder el equilibrio, cayó al suelo y luego rodó estrepitosamente por las escaleras.
Renata se quedó paralizada, mirando sus propias manos. ¡Si apenas la había tocado!
Pero el daño estaba hecho: Patricia yacía inconsciente al pie de las escaleras, con un corte sangrante en la frente.
Leonardo sabía que estaba fingiendo. La respiración de una persona verdaderamente inconsciente es muy distinta a la de alguien que finge.
Por eso, cuando Renata bajó corriendo y, a escondidas, intentó clavarle un alfiler a Patricia, Leonardo le agarró la muñeca en el aire.
—¿Qué crees que haces? —le preguntó, levantando la mano de la joven.
En los dedos de Renata brillaba un alfiler afilado.
Ella palideció de inmediato, pero intentó defenderse.
—S-Solo quería ayudarla a levantarse. Esto se me cayó del vestido y lo tenía en la mano.
Los oscuros e implacables ojos de Leonardo la atravesaron como dagas.
—¿Te pregunté por el alfiler?
—Y-Yo... —Renata jamás imaginó que la mirada de un simple guardaespaldas la aterrorizaría de esa forma.
Pero luego recordó que estaba en su propia casa. Sintiendo su orgullo herido, gritó furiosa:

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