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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 811

Si Patricia seguía siendo considerada una enferma mental, la fortuna que le correspondía sería dividida y arrebatada sin mayor problema por los presentes.

Pero si de verdad estaba curada, entonces ponerle las manos encima a su herencia requeriría mucho más esfuerzo.

Aunque, pensándolo bien, solo era cuestión de esforzarse un poco más.

Al final de cuentas, Patricia era solo una muchachita que no tenía a nadie que la respaldara en Rosarito.

Hacerla a un lado sería pan comido.

Las miradas de tensión y alerta comenzaron a transformarse lentamente en desdén.

Ninguno de ellos la veía como una verdadera amenaza.

Marisa, con su mejor cara de aflicción, le dijo:

—Pati, tu recuperación es una noticia maravillosa. Deberíamos organizar una gran fiesta para celebrarlo, pero con tu padre en este estado...

—No te preocupes, lo entiendo perfectamente —respondió Patricia, fingiendo comprensión.

Manteniendo su expresión de falsa culpa, Marisa insistió:

—¿Qué te parece esto? En la noche le pediré a tus hermanos y a algunos amigos de la familia que te lleven a cenar. Así celebras un poco y de paso te vas reconectando con nuestro círculo. ¿Qué opinas?

Todos en la habitación entendieron las intenciones de Marisa. Querían que Patricia saliera para ponerla en ridículo o, mejor aún, para que sufriera algún "pequeño accidente".

Por supuesto, Patricia también lo entendió.

Sonrió y le dio las gracias, pero de inmediato cambió el tono, fingiendo pena.

—Es solo que acabo de llegar y no tengo dinero. Me daría mucha vergüenza salir así.

—No te preocupes por eso, yo te doy algo de dinero —ofreció Marisa con una sonrisa complaciente.

Aprovechando la oportunidad, Patricia le dedicó la sonrisa más sincera y deslumbrante del mundo.

—¡Muchas gracias! Oye, y de paso, gracias por haberte tomado la molestia de administrar mi mesada y mis dividendos todos estos años. ¿Cuánto dinero tengo ahorrado? Me encantaría comprarles unos regalitos a la abuela, a mis tíos, a mis hermanos y a ti, claro. ¿Crees que me alcance?

—Y además, el abuelo dejó un fondo de salud exclusivo para la familia. Cualquier miembro que se enferme puede pedir dinero de ahí hasta que se recupere. ¿Por qué usaron mi mesada para pagar el hospital?

Hizo un puchero, con los ojos llenos de lágrimas, y miró a doña Beatriz con expresión de desamparo.

—Abuela... ¿acaso no soy parte de la familia? ¿Por qué tuve que pagar mi propio tratamiento con mi mesada? ¡Buaaa...!

Patricia lloró a mares y luego se giró de nuevo hacia Marisa.

—¿Acaso querías quedarte con mi dinero? Si lo querías, solo tenías que pedírmelo. Te lo habría dado todo con gusto. Al fin y al cabo, siempre has sido tan buena conmigo. Aunque me diagnosticaron con un problema mental, nunca me abandonaste y me enviaste hasta Tailandia para curarme.

De repente, las miradas que todos clavaron en Marisa se volvieron sumamente complejas.

¿Cuánto podía ser la mesada de una niña? ¿En serio Marisa había sido tan mezquina y avara como para robarse hasta eso? Qué vergüenza.

Las malas noticias vuelan.

Si Marisa no le entregaba el dinero a Patricia en ese mismo instante, en cuestión de minutos toda la alta sociedad sabría que se había robado el dinero de su hijastra.

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