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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 418

Considerando el tamaño actual de OmniGen, debería haber sido Nerea quien le sirviera el vino a Simón. Simón lo hizo completamente por respeto a su esposa y a la familia Zamora.

Simón era de buen beber; tras terminar una copa, se sirvió otra, y cuando estaba por servirse la cuarta, Cristian intervino:

—Señor Alcántara, ella no tiene buena tolerancia al alcohol. No puede beber mucho.

Simón se detuvo y miró a Cristian.

Cristian levantó su copa.

—Señor Alcántara, yo lo acompaño.

—Un par de copas no son problema —dijo Nerea, llenándose ella misma la copa y mirando a Cristian con una sonrisa tensa—. Señor Vega, no actúe como si me conociera tan bien.

Cristian acarició el borde de su copa y bajó la mirada.

—La última vez en Puerto Rosales, tomaste catorce copas y te emborrachaste. El alcohol de esa noche tenía menos grados que este, y los vasos eran la mitad de grandes. Tu límite son cinco copas de esto.

Nerea había calculado más o menos lo mismo; lo sabía incluso sin que él lo dijera.

La situación con Simón era diferente a la de esa noche en Puerto Rosales. Con el respaldo de la señora Alcántara y los Zamora, y siendo ahora socios, podía inventar cualquier excusa para no beber y a Simón no le importaría. Así que planeaba detenerse después de esa copa.

Pero detestaba esa actitud de Cristian de creer que lo sabía todo sobre ella. Le daba asco.

—Conozco mi propio límite, no necesita preocuparse, señor Vega.

—Señor Alcántara, brindo por usted. Gracias por la hospitalidad —Nerea levantó su copa. Simón miró a Cristian y, sintiéndose un poco incómodo, levantó la suya también.

Recordó que hacía un momento había comentado lo bien que se llevaban. ¿Dónde estaba esa buena relación? Era obvio que Cristian intentaba acercarse y ella lo rechazaba fríamente. Cada palabra de ella destilaba desdén.

Hacia el final de la cena, Nerea recibió una llamada. Era de uno de los guardaespaldas de Emilia.

Desde que tuvo aquella pesadilla en la que Emilia desaparecía, Nerea había contratado a cuatro guardaespaldas para que la cuidaran por turnos. ¿Por qué la llamarían?

De repente, sintió una inquietud en el pecho.

Contestó rápidamente.

Del otro lado se escuchó la voz angustiada del guardaespaldas:

—¡Directora Galarza, malas noticias! ¡Se han llevado a la señorita González!

Al escuchar eso, la mente de Nerea zumbó y se quedó en blanco por un instante; tardó unos segundos en reaccionar. Lo primero que pensó fue en Pedro. En su amenaza de aquella noche. Había creído que Pedro iría tras ella, por eso los Zamora le asignaron escoltas. Jamás imaginó que iría tras Emilia.

En ese momento, entró una llamada de un número desconocido.

Nerea contestó de inmediato. Una voz robótica y fría sonó al otro lado:

—Nerea, tengo a Emilia.

La mirada de Nerea se volvió afilada.

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