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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 48

Por eso, apenas regresó, se puso en modo workaholic total. Si no fuera porque Samuel le recordó, habría hecho horas extra el primer día.

—¿Para qué irse temprano a casa? —Nerea no quería irse.

Samuel le aventó un legajo de documentos. —La familia Rojas tiene interés en colaborar con nosotros. Mañana vienen a Puerto San Martín para hablar los detalles, llévatelo y estúdialo.

Los Rojas eran una familia de tradición militar. Las generaciones anteriores habían dado generales, y hoy en día muchos Rojas seguían en el ejército. Si lograban asociarse con ellos, el desarrollo de OmniGen sería imparable.

El contacto entre OmniGen y el Grupo Rojas fue muy fluido; pronto firmaron el contrato de colaboración.

Pero lo que Samuel y Nerea no esperaban era que Industrias Rojas no solo colaboraría con OmniGen, sino también con Tecnología Vega, la empresa de Cristian.

Cuando fueron a la sucursal del Grupo Rojas para la reunión, vieron a Cristian e Isabel en el estacionamiento subterráneo.

Al verlos bajar juntos del auto, Samuel dio media vuelta en el acto, dispuesto a irse. Al diablo el negocio.

Nerea lo agarró a tiempo. —La penalización por incumplimiento.

—Pues la pago. ¿Crees que no tengo para pagarla?

—Pero yo quiero ganar dinero.

Cristian e Isabel también los vieron, pero solo les dieron una mirada indiferente y siguieron caminando como si nada.

—¡Maldita sea! ¡Qué arrogantes! ¿Te tratan como si no existieras? —Samuel soltó una grosería del coraje.

Nerea ya estaba acostumbrada, casi entumecida. —Nosotros también podemos hacer como que no existen. No te enojes.

Se quedaron parados un momento hasta que ellos subieron al elevador, y solo entonces avanzaron.

—Perdón, no sabía que Grupo Rojas también los había buscado a ellos.

—No pasa nada. Negocios son negocios. Ganar dinero es lo importante, deja de ponerte sentimental.

Ese "deja de ponerte sentimental" parecía dirigido a Samuel, pero en realidad Nerea se lo decía a sí misma. Mantuvo una sonrisa educada y asintió agradeciendo al asistente que bajó a recibirlos.

Sala de juntas.

—Solo estoy discutiendo con usted sobre el panorama económico actual. —Mientras Cristian decía esto, miraba fijamente a Nerea.

Esos ojos oscuros y gélidos contenían una advertencia implícita: que controlara a su amigo, que controlara su boca.

En ese momento, Nerea sintió como si una piedra enorme le aplastara el pecho; un dolor sordo y sofocante.

Creía que, después de ver y vivir tanto, ya sería inmune a todo lo que viniera de Cristian, pero se había sobreestimado y había subestimado la crueldad de ese hombre.

Justo entonces, la puerta de la sala se abrió, rompiendo la tensión en el aire.

Nerea se recompuso rápidamente y volteó a ver. Un hombre muy alto entró a grandes zancadas.

Aunque vestía de traje, Nerea percibió en él algo peligroso, como si fuera alguien acostumbrado a la violencia. Sus rasgos eran profundos y duros, y una cicatriz en la ceja acentuaba esa ferocidad.

Sin embargo, ese mismo hombre llevaba un rosario de cuentas verdes enrollado descuidadamente en la muñeca.

Era una contradicción, pero no se veía mal; al contrario, le daba un toque muy particular.

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