En ese momento, Doña Matilde pareció envejecer diez años de golpe; se le encorvaron los hombros como si como si de pronto toda su soberbia se hubiera venido abajo. Ya no importaba. Se había rendido.
Se dirigió a Felipe: —Ya estoy vieja. De ahora en adelante, que tu mujer se encargue de los asuntos de la casa. Y otra cosa… —Miró a Álvaro—. Álvaro, ya no me meteré en tu vida. Si todavía me consideras tu madre y quieres venir a verme en las fiestas, trae a tu esposa y a tus hijos. Si no quieres y me guardas rencor, me da igual. Total, no has vuelto en veinte años.
Doña Matilde salió del despacho. Los hermanos Encinas estaban aliviados; por fin la matriarca soltaba las riendas. Pero lo que dijo Nerea a continuación los dejó helados.
Nerea se puso de pie. —Durante este tiempo, agradezco la hospitalidad del señor Felipe. La salud del abuelo ha mejorado, así que mi papá y yo no seguiremos molestando. Pero no se preocupen, seguiré haciéndome cargo del tratamiento hasta el final.
Alexander y Felipe intentaron convencerlos de que se quedaran, pero Nerea y Álvaro ya habían tomado la decisión. Dinero para hospedarse en otro lado no les faltaba. De hecho, Nerea había comprado una casa amueblada hacía un par de días y ya había mandado a limpiar. Solo faltaban algunos detalles personales. Era el momento perfecto.
Nerea y Álvaro, con una maleta cada uno, salieron de la mansión Encinas esa misma noche.
***
Felipe entendió lo que quería decir. De hecho, en cuanto la encontraron, había llamado a Nerea. Pero Nerea había sido reclutada por una emergencia nacional. No podía venir, era imposible.
Felipe intentó explicárselo, pero Doña Matilde estaba demasiado asustada. Temía quedar postrada como su esposo. Solo quería curarse y no escuchaba razones. Seguía balbuceando cosas sobre dinero y llamando a su hijo: —Dinero… doy… Álvaro…
No podía hablar bien, la saliva seguía cayendo sin control, y sus ojos inyectados en sangre lloraban sin parar.

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