Al escuchar la orden de zarpar, el capitán preguntó:
—Señora Echeverría, Sally aún no ha llegado. ¿No la vamos a esperar?
—¡No! —respondió Isabel con frialdad—. ¡Arranca el barco ahora mismo!
El capitán, desconcertado, insistió:
—¿No es Sally quien le salvó la vida?
En aquel entonces, cuando Isabel fue vendida en las montañas, fue gente de Felicia quien la compró y le consiguió el trasplante de corazón artificial más avanzado del extranjero.
Sí, Felicia la había salvado.
¿Y qué con eso?
Felicia solo la salvó para utilizarla, para aprovechar las rutas ocultas de los Escobar y traficar drogas a través de ella.
Además, ella también había ayudado a Felicia.
Cuando las autoridades locales y las de San Robledo unieron fuerzas para capturar a Felicia, si Isabel no le hubiera pasado información antes, Felicia no habría escapado; la habrían detenido y hoy estaría pudriéndose en prisión.
Así que entre ellas no existía ninguna deuda de gratitud.
Solo había un mutuo aprovechamiento.
Además, Isabel era alguien capaz de abandonar cruelmente a sus propios padres y familiares.
¿Le iba a importar una tal Felicia?
Isabel se sentó relajada en la cubierta, disfrutando de la brisa marina y observando cómo Puerto San Martín se hacía cada vez más pequeño a la distancia. Las comisuras de sus labios se curvaron lentamente hacia arriba.
—Adiós, Puerto San Martín.
Isabel levantó su copa en dirección a la costa y bebió el contenido de un solo trago.
—¿Está rico, Isa?
Una voz, familiar y a la vez extraña, llegó desde detrás de Isabel, asustándola tanto que se giró de inmediato.
Frente a ella apareció el rostro deforme de Pedro.
Isabel, aterrorizada, saltó de su asiento y retrocedió sin dejar de mirarlo con espanto.
—Tú... ¿cómo es que estás aquí?
Pedro estiró la comisura de sus labios manchados de sangre y caminó hacia ella.
—Pues porque te extrañaba, así que vine a verte.
—¡Ayuda! ¡Que alguien venga! —gritó Isabel llamando a sus guardaespaldas.
Pedro mostró una sonrisa sangrienta.
—No grites, todos están muertos.
Sus dientes estaban teñidos de rojo intenso.
—¿De verdad me disparaste? —Pedro parecía dolido.
—¡Quién te manda acercarte! No fue a propósito, ¡pero no te acerques!
—¿Tanto miedo me tienes? ¿De verdad soy tan feo ahora?
Pedro avanzaba paso a paso hacia Isabel.
Se escuchó otro disparo. La bala penetró en el cuerpo de Pedro.
Pero él siguió avanzando sin inmutarse, mientras una sangre negra y espesa brotaba de la herida como un manantial.
Isabel gritó del susto y disparó varias veces seguidas.
Pero Pedro, a lo mucho, se detenía un instante para luego seguir caminando hacia ella.
Al ver a Pedro cada vez más cerca, el corazón de Isabel se llenó de odio, miedo y frustración.
Llevaba consigo una inmensa fortuna y estaba a punto de escapar de Puerto San Martín.
¿Por qué tenía que aparecer Pedro en el yate?
¡No era justo!
Se escuchó el sonido de algo cayendo al agua.
Isabel decidió jugársela el todo por el todo y saltó del yate.

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