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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 583

El coche avanzaba sin problemas hasta que llegaron a un puente elevado.

De repente, el conductor pisó el acelerador a fondo y giró el volante violentamente. El Rolls-Royce se lanzó contra la barandilla.

—¡Bang!

El disparo sonó seco. Leonardo desenfundó con una velocidad inhumana y, en un parpadeo, le voló la tapa de los sesos al conductor. Quizás para evitar que Nerea viera la sangre, le cubrió los ojos con la mano al mismo tiempo que disparaba.

Nerea parpadeó, y el roce de sus pestañas contra la palma de Leonardo le provocó un estremecimiento inesperado.

Pero Leonardo no perdió la cabeza. Dio una orden fría:

—¡Matías, controla el auto!

Acto seguido, levantó la pierna y, de una patada, arrancó la puerta del coche. Si no podían frenar, tendrían que saltar.

—Capitán, los frenos no responden —gritó Matías.

Leonardo ya lo sentía. El vehículo no bajaba la velocidad y seguía lanzado directo hacia el borde del puente. A esa velocidad, romperían la barrera y caerían al río. Caer dentro del coche sería una sentencia de muerte.

—¡A saltar!

Leonardo tomó la decisión al instante. Iba a voltear hacia Nerea, pero ella se anticipó.

—No te preocupes por mí. Tú primero, yo te sigo.

No era momento de dudar.

—Bien.

Leonardo le pasó una pistola.

—Guárdala.

Un segundo después, arqueó el cuerpo como un leopardo y saltó con agilidad. Nerea, con su mochila asegurada, saltó justo detrás de él.

—Gracias, Leo —dijo ella, apoyándose para levantarse.

—¡Bum!

Un estruendo sacudió el puente. El coche rompió la barandilla y los escombros volaron por todas partes. Estaban demasiado cerca.

—Cuidado.

Leonardo jaló a Nerea, que intentaba levantarse, y la protegió con su cuerpo, girando para quedar él encima de ella. Una lluvia de fragmentos golpeó su ancha espalda, pero él no emitió ni un sonido.

La abrazaba con fuerza. La cara de Nerea quedó contra su cuello. Incómoda por la cercanía, procuró hasta respirar con cuidado para no rozarlo más de la cuenta.

El cuerpo de Leonardo se tensó de golpe. Su nuez de Adán subió y bajó, y su corazón empezó a tamborilear. El roce del aliento de Nerea sobre su piel le provocaba una reacción intensa y difícil de disimular.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la compostura y que su «amiguito» no reaccionara de más. No era el lugar ni el momento.

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