En la habitación estaban encerrados Clara, Lucía y los hijos de Isabel.
Habían pasado mucha hambre; la inanición les había hecho perder la razón, convirtiéndolos en máquinas de matar que solo sabían devorar.
—¿Qué van a hacer? —Isabel ya se había sacado el trapo de la boca.
Nerea dijo con expresión impasible:
—Claro: que la familia tenga una bonita reunión.
—¡No, no voy a entrar! —Isabel gritó aterrorizada—. ¡Nerea, maldita, suéltame! ¡Esto es linchamiento! ¡Es ilegal!
—¿Ilegal? —Nerea arqueó una ceja con frialdad—. ¿Ahora te preocupa la ley? Isabel, ayudaste a Felicia a traficar drogas y destruiste incontables familias. ¿Sabías que eso también es ilegal?
Con la lección aprendida, Nerea no volvería a tener piedad.
—Métanla.
Metieron a Isabel en una jaula de hierro y la empujaron dentro de la habitación.
Eso garantizaba que no moriría, pero no que saldría ilesa.
—¡Aléjense, lárguense, no se acerquen!
—¡Mamá, mamá, abuela, abuela, soy Isa! ¡Su querida Isa! ¡Ahhhh!
—¡Nerea! ¡Te voy a matar! ¡Ahhhh!
Al irse, Nerea escuchó los gritos espeluznantes de Isabel a sus espaldas.
***
En la cubierta, Pedro bebía la botella de vino que Isabel había dejado.
—¿Está bueno? —preguntó Nerea.
Pedro negó con la cabeza.
—Ya no me sabe a nada.
Al terminar el último trago, Pedro se hincó de golpe en el suelo.
Apoyó las manos en el piso y empezó a estrellarse la frente contra la cubierta, una y otra vez.
Nerea lo miraba fríamente, sin decir nada.
Aunque Pedro casi se rompe el cráneo de tanto golpearse, Nerea no abrió la boca.
—Nerea, te suplico que me salves. No quiero seguir siendo un monstruo. Por favor, sé que tú tienes una solución.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Tú también te infectaste con el virus, pero tienes la mente clara y sigues pareciendo humana, no como nosotros, que ya somos monstruos.
Nerea se recargó perezosamente en la barandilla, dejando que la brisa marina moviera su cabello.

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