Valentina estaba de pie fuera de la terraza, sosteniendo del brazo a la abuela Encinas, y miraba a Nerea a través de la vegetación.
Recordando cómo la anciana había dejado a su padre en la calle, Nerea sonrió y saludó:
—Abuela.
El rostro de la abuela Encinas se endureció de inmediato. Nerea, con la sonrisa intacta y un tono falsamente afectuoso, preguntó:
—¿Quiere té, abuela? Lo acabo de preparar.
—¿Quién te dio permiso de tocar cosas ajenas? ¡Qué falta de educación! Y a mí no me llames abuela —espetó Valentina furiosa en lugar de la anciana.
—Pues claro que la llamo abuela. Mi papá es Álvaro, hijo de la señora, así que no veo dónde está el error. Y siendo esta la casa de mi abuela, es también mi casa. ¿Tomar té en mi propia casa es falta de educación?
—Tú... tú... —Valentina abrió los ojos como platos, sin saber si estaba más impactada porque Nerea fuera hija de Álvaro o por el descaro de decir que esa era su casa.
La abuela Encinas tenía el rostro lívido de coraje.
—Nerea, uno debe tener sentido de su posición.
Nerea asintió sonriendo, como una nieta obediente escuchando un consejo.
—Gracias por la lección, abuela. Lo tendré muy presente.
La anciana sintió que discutir con Nerea era inútil.
—Qué desvergonzada. Seguro esa mujer, Estefanía, te enseñó a ser así.
—Abuela, aprovecharse de la edad para insultar tampoco es de muy buena educación, ¿eh?
—¡Qué lengua tan afilada!
—Gracias por el cumplido, abuela.
Más tarde, en la sala de estar de la familia Encinas.
La abuela estaba sentada al centro de la sala, erguida y apoyada en su bastón, con una expresión imposible de descifrar.
Alexander explicó:
—Mamá, no te enojes. Lo hice preocupado por la salud de papá. Nerea dijo que si la hubiéramos localizado antes, podría haberle dado diez años más. Ahora, aunque es tarde, todavía puede extender su vida cinco años.
Casi toda la familia estaba presente y, al oír esto, todos mostraron asombro. Inmediatamente, las miradas se desviaron hacia la anciana. Si Nerea tenía esa capacidad, el estado actual del abuelo era, en parte, culpa de la abuela por su obstinación en no contactar a los Galarza.
La abuela Encinas sabía leer el ambiente. La idea de haber cometido un error le causaba un dolor agudo en el pecho, pero su orgullo y autoridad no podían ser cuestionados. Llevaba décadas ejerciendo una autoridad absoluta dentro de la familia.
Miró a Nerea con ojos fríos y turbios.
—Señorita Galarza, hablar de más no es una virtud. ¿Cuántos años tienes? Hemos traído a expertos de todas partes y ninguno pudo hacer nada. ¿Y tú dices que puedes?

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