—Lo siento, Doctora Galarza, sus guardaespaldas no pueden entrar con usted. Espero que lo entienda.
Leonardo y el resto fueron detenidos en la puerta.
Nerea frunció el ceño y volteó a ver a Leonardo. Este se dirigió al diplomático con voz gélida:
—Señor Sirico, creo que hay un malentendido. No soy solo el guardaespaldas de la doctora; soy su pareja. No podemos separarnos. Donde ella esté, yo debo estar.
Sirico miró a Nerea buscando confirmación.
Nerea se acercó a Leonardo, se prendió de su brazo y sonrió.
—Así es, señor Sirico. Él es mi pareja. Debe venir conmigo, no nos separamos. De lo contrario, no trataré al señor Gury.
Sirico sonrió con escepticismo.
—Doctora, en la lista de la delegación no se menciona que el señor Rojas sea su pareja. Le aseguro que la habitación del presidente es el lugar más seguro del mundo; no corre peligro. No hace falta que se invente un novio para meter seguridad.
—Estamos casados en secreto —insistió Nerea manteniendo la sonrisa.
Sirico seguía sin creerles y se negaba a dejar pasar a Leonardo.
Como la situación no avanzaba, Leonardo le alzó suavemente el mentón a Nerea y se inclinó para besarla.
Su aliento era cálido y olía a pastillas de menta. Nerea se quedó paralizada por un instante y hasta le temblaron las pestañas. Sabía que Leonardo lo hacía para convencer a Sirico y poder protegerla, pero...
Fue demasiado repentino.

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