Retrocediendo veinte horas en el tiempo.
La decisión de Cristian de ir a Estados Unidos fue repentina; no quería esperar ni un minuto más. Solicitar una ruta para su avión privado tomaría demasiado tiempo, así que no tuvo más remedio que tomar un vuelo comercial.
El problema era que solo quedaban unos cuantos asientos en clase económica.
Tomás se frotaba las sienes, preocupado.
—¡Nos vamos en clase económica! —decidió Cristian.
—Señor Vega —intentó disuadirlo Tomás—, la clase económica está llena, los asientos son pequeños, el pasillo es estrecho y huele raro. No está acostumbrado.
Tomás, que esperaba viajar en primera clase a expensas del jefe, se veía ahora condenado a sufrir en la parte trasera del avión.
Cristian, vestido con un traje de alta costura, reloj de lujo y zapatos de piel hechos a mano, destilaba dinero. Sin embargo, terminó apretado entre un hombre con obesidad mórbida a su izquierda y una señora comiendo papaya a su derecha.
Sus largas piernas apenas cabían en el reducido espacio. Se veía lamentable.
Tomás suspiró para sus adentros: «Maltratar a la esposa un rato es divertido, hasta que te toca arrastrarte para recuperarla».
Cristian frunció el ceño y miró a la mujer de al lado.
—Señora, ¿podría esperar a bajar del avión para comer eso?
La mujer, al ver lo guapo que era Cristian, sonrió coqueta.
—Claro que sí, guapo. Pásame tu número y dejo de comer.
Cristian giró la cabeza hacia Tomás, que estaba unas filas atrás.
—Tomás, cámbiame el lugar.
Tomás, que llevaba tres cubrebocas puestos de forma exagerada, respondió:
—Señor Vega, soy alérgico a la papaya. Nada más de olerla se me cierran los bronquios. Aguante un poco; si quiere le paso unos cubrebocas, traigo muchos.
La expresión de Cristian se volvió sombría.
—Tomás.
Tomás no era tan dócil como Yago.
—Jefe, si de plano no aguanta, ¿qué tal si nos bajamos y cambiamos el vuelo?
Cristian apretó los labios. Al recordar las noticias donde Nerea y Leonardo aparecían juntos, sentía la urgencia de que le salieran alas para llegar de inmediato. No quería esperar ni un segundo más.
Así que, el hombre acostumbrado a jets privados, soportó más de diez horas apretujado en clase económica rumbo a Estados Unidos.
Cuando aterrizaron, Yago fue a recogerlos personalmente. Cristian apestaba a papaya y tenía una cara de pocos amigos que daba miedo.
Yago miró a Tomás interrogante. Tomás articuló sin sonido: «Hombre soltero y despechado, desajuste hormonal».
Yago guardó silencio.
En el hotel, frente al ventanal.
Yago señaló un edificio cercano.
—Ese es el hotel donde se hospeda la doctora Galarza. Por ahora no aceptan huéspedes externos, así que tendrá que conformarse con quedarse aquí, señor Vega. Pero desde aquí se ve su edificio.
Cristian acariciaba su vaso de agua, con la vista fija en el otro hotel.
—Buen trabajo, Yago.
Aunque Yago ya era un alto ejecutivo, Cristian seguía dándole órdenes por costumbre, y Yago, entendiendo su lugar, no lo corregía. Sacó una invitación y se la entregó.

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