Después del Congreso Médico, Nerea asistió a varios seminarios académicos para intercambiar conocimientos y tecnologías avanzadas. Al ser eventos estrictamente profesionales, Cristian no pudo entrar.
Llevaba tres días sin verla.
Para Cristian, cada día sin verla se le hacía eterno. Para él, tres días fueron una eternidad de tortura. Y para colmo, sabía que Leonardo había estado pegado a ella todo ese tiempo. Solo de pensarlo se le revolvía el estómago.
Cristian dio una calada profunda a su cigarro, lo apagó y preguntó:
—Yago, ¿cuál es la agenda de Nere para mañana?
Yago, siempre preparado, respondió:
—La doctora Galarza visitará mañana por la mañana la Universidad de Harvard. Por la tarde, dará una cátedra magistral sobre medicina en el auditorio principal como profesora invitada.
—Cancela todo mi trabajo de mañana.
—Señor Vega, la página oficial de Harvard dice claramente que el acceso a la cátedra es exclusivo para sus estudiantes.
La universidad había publicado un aviso cerrando el acceso al público general por motivos de seguridad y orden. Pero esas reglas aplicaban para la gente común; alguien como Cristian Vega siempre encontraba caminos alternos.
Sin embargo, entrar al auditorio requería tarjeta de estudiante, reconocimiento facial y una verificación manual. La seguridad era extrema para evitar el mercado negro de pases.
Cristian miró a Yago inexpresivo.
—¿Y eso qué?
—Buscaré una solución —respondió Yago de inmediato.
Cristian asintió satisfecho. Tomás, observando la escena, no pudo evitar admirar a Yago: era el asistente perfecto.
***
El día de la visita a Harvard amaneció con un cielo azul y un sol radiante. El gobierno estadounidense envió un transporte especial al hotel.
Alexander salió del hotel liderando al grupo.
Frente al lujoso autobús estaba Cristian, impecable y destilando elegancia.
Leonardo se detuvo y le preguntó a Alexander:
—Director Encinas, ¿qué hace él aquí?
Alexander se sintió entre la espada y la pared: uno era el ex sobrino político y el otro el futuro sobrino político. Pero no había opción, Cristian había vuelto a aplicar la de «Don Billetes».
¿Quién le mandaba ser millonario y apoyar el desarrollo nacional? El hombre había donado mil millones solo por un lugar en la visita a Harvard. Un negocio redondo para el país. El gobierno no iba a decirle que no.
Cristian apretó la mandíbula, se enderezó y se alisó el saco, que no tenía ni una arruga.
—Señor Rojas, se supone que el deber de un militar es proteger a la gente, ¿no? ¿Así trata a los civiles? Empujándonos. Su conducta deja mucho que desear. Voy a tener que reportar esto con sus superiores.
Leonardo alzó una ceja.
—¿Ahora se dedica a hacer drama, señor Vega? Yo ni fuerza hice. Es usted el que anda débil y se tropieza solo, ¿y ahora me echa la culpa a mí?
Sin darle más importancia, Leonardo subió y se sentó junto a Nerea.
Cristian subió detrás. Al pasar junto a Alexander, se detuvo.
—Director Encinas, ¿dónde puedo presentar una queja formal?
—¿Una queja? —Alexander lo miró confundido. Había estado hablando con el guía y no vio lo ocurrido afuera.
—Quiero denunciar al señor Rojas. Como militar, agredió intencionalmente a un civil y puso en riesgo mi integridad física. No merece portar el uniforme.
La acusación era grave. Si procedía, una mancha así en el expediente de Leonardo podría arruinar su carrera y frenar sus ascensos de por vida. Y viniendo de un magnate como Vega, la queja tendría peso.
Alexander calmó a Cristian y le pidió que tomara asiento. Como el lugar junto a Nerea estaba ocupado por Leonardo, Cristian tuvo que conformarse con sentarse en la fila de atrás, justo detrás de ella.

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