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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 601

El auto llegó rápidamente a la Universidad de Harvard.

Alexander y su equipo bajaron del vehículo y, acompañados por funcionarios estadounidenses y representantes de la universidad, recorrieron el centenario campus.

Los reporteros los seguían de cerca, transmitiendo en vivo.

Cristian y Leonardo parecían dos guardaespaldas, flanqueando a Nerea a izquierda y derecha sin apartarse ni un centímetro.

Aunque no cruzaron palabra, se miraban con evidente desagrado.

Ya se habían fulminado con la mirada quién sabe cuántas veces.

Cuando Nerea entró al sanitario, ambos se quedaron esperando afuera.

Cristian sacó una cajetilla, encendió un cigarrillo y le ofreció la caja a Leonardo.

—Señor Rojas.

—Gracias, señor Vega, pero lo dejé —Leonardo sacó una menta y se la echó a la boca.

Cristian guardó la cajetilla y preguntó casualmente:

—¿Cómo es que lo dejaste de repente?

Leonardo masticó la menta, con una sonrisa burlona en los labios.

Por supuesto, no iba a ser tan amable de decirle a Cristian que lo hizo porque descubrió que a Nerea no le gustaba el olor a cigarro.

Lo había notado en varias reuniones de negocios: cada vez que la gente empezaba a fumar, Nerea buscaba cualquier excusa para escabullirse del privado.

—Fumar es malo para la salud —respondió Leonardo con indiferencia.

Cristian arqueó una ceja.

—¿El señor Rojas cree en esas cosas?

Leonardo soltó una risa maliciosa.

—Fumar afecta la calidad de los espermatozoides.

Cristian se detuvo en seco y miró bruscamente a Leonardo.

¿Qué quería decir con eso?

¿Acaso él y Nerea ya estaban en la etapa de planear tener hijos?

Cristian ignoraba por completo que Leonardo, debido al virus zombi, ya no podía procrear; al fin y al cabo, eso era información clasificada. El único que lo sabía era Lucas, y él estaba tras las rejas.

Leonardo, naturalmente, lo dijo a propósito para provocarlo.

Justo en ese momento, Nerea salió del baño.

Leonardo se enderezó de inmediato y fue a su encuentro, sacando con destreza un paquete de toallitas húmedas de su bolso y ofreciéndole crema para manos.

Leonardo cuidaba de Nerea en cada detalle, siempre atento y meticuloso.

Leonardo consideraba todo lo que Nerea necesitaba, e incluso lo que ella ni siquiera había pensado.

Cristian apagó su cigarrillo en silencio.

Una vez más, vio la abismal diferencia entre él y Leonardo.

Si ser el «esposo de Nerea» fuera un puesto vacante que requiriera competencia, ¿cuál era su ventaja?

¿Tenía alguna ventaja siquiera?

Cristian se sintió repentinamente perdido. ¿De qué servía aferrarse y tratar de llamar su atención de esta manera?

Pero si no lo hacía, si no veía a Nerea, el pánico lo consumía.

No podía dejarla ir.

¡No quería dejarla ir!

No se resignaba.

Eso era lo único que Cristian podía hacer ahora.

Desde que se enamoró de Nerea en aquel sueño, comenzó a probar la comida que a ella le gustaba, tratando de entender sus preferencias.

Como si así pudiera acortar la distancia entre ellos.

Tener más gustos en común... tal vez algún día Nerea podría charlar con él sobre esas cosas.

El corazón de Nerea se agitó. No pudo evitar pensar en sí misma años atrás. Se limpió la comisura de los labios y miró a Cristian con seriedad.

—Entonces te lo digo ahora: no funciona. Porque yo también pensaba así antes, y también lo hice. Intenté que me gustara tu comida, esperando acercarme a ti, pero no sirvió de nada. No te gusté más, al contrario, te pareció molesto. La yo de ahora es el tú de entonces. Así que puedes rendirte y hacer lo que realmente te guste.

—Esto es lo que más me gusta hacer ahora —dijo Cristian, mitad ansioso, mitad dolido—. Perdóname, Nere.

Cuanto más lo experimentaba en carne propia, más culpa sentía, más le dolía y más se daba cuenta de que el Cristian de aquel entonces había sido un verdadero patán.

No había nadie más imbécil que él en este mundo.

Pero sabía que se había equivocado y quería cambiar.

Solo rogaba que Nerea le diera una oportunidad para redimirse.

Nerea negó con la cabeza.

—Lo que se perdió, se perdió. En este mundo no todo se puede reiniciar. Un espejo roto, para mí... —Nerea se señaló el corazón—. No tiene arreglo. Siempre queda la cicatriz, recordándome todo lo que pasó. Cuido mucho mi paz mental y no pienso volver a cargar con una relación que me dejó hecha pedazos. ¿Puedes hacer que todo el pasado no haya ocurrido?

Cristian no podía. Quizás la máquina del tiempo en la que insistía en invertir podría hacerlo, pero quién sabía cuándo se desarrollaría con éxito.

Tal vez solo era una hermosa fantasía inalcanzable.

—Por consideración a Ulises, no quiero volver a mencionar el pasado. Cristian, somos adultos, no quiero que esto termine feo. Ríndete cuanto antes. Hagas lo que hagas, no volveré a quererte.

—Nere... —Los ojos de Cristian enrojecieron de nuevo. Aquellos ojos, antes fríos y altivos, ahora parecían llenos de desolación.

Nerea dejó de mirarlo y siguió comiendo.

Si no fuera porque Ulises se reformó rápido, y considerando todo lo que padre e hijo habían hecho antes, Nerea jamás los habría perdonado.

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