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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 603

Tras la visita a Harvard y la cena, el auto los llevó de regreso al hotel.

Yago esperaba afuera, arrastrando una maleta.

Al ver bajar a Cristian, corrió a su encuentro para entregarle el equipaje.

Leonardo arqueó una ceja.

—Director Encinas, ¿el señor Vega no pensará hospedarse aquí?

Alexander sonrió.

—Los de arriba dieron el visto bueno. El señor Vega asistirá con nosotros a todos los eventos estos días.

Cristian sonrió levemente.

—Lamento las molestias, director Encinas.

—Para nada, señor Vega. Pase, por favor.

Cristian, por supuesto, no iba a entrar primero.

—Pase usted primero, director.

Alexander entró al hotel y Cristian dirigió la mirada hacia Nerea.

Nerea ya había dicho todo lo que tenía que decir. Respecto a la actitud de Cristian, su postura era ignorarlo siempre que fuera posible.

Siguió hablando por teléfono con expresión indiferente, pasando frente a él sin dedicarle ni una mirada.

Solo dejó tras de sí una brisa suave con una fragancia sutil.

Cristian aspiró levemente, mirando la espalda de Nerea alejarse, sintiendo cómo su corazón se agitaba.

Cuando alguien te importa de verdad, hasta su perfume al pasar te descoloca.

Yago observaba la escena y pensó: «¿Valió la pena gastar esos 10 millones?»

Leonardo le lanzó una mirada profunda a Cristian y siguió a Nerea al interior del hotel a paso rápido.

Cristian giró la cabeza y le dijo a Yago:

—Cuando tengas tiempo, entrena mejor a Tomás.

Dicho esto, también entró al hotel a grandes zancadas.

La habitación de Cristian estaba al lado de la de Nerea.

Como el resto del equipo se había registrado antes, sus habitaciones estaban en otros pisos.

Cuando se asignó la de Nerea, los otros pisos ya estaban llenos.

Por eso Nerea estaba sola en ese piso.

Ahora que Cristian se registraba, naturalmente lo pusieron en la habitación contigua.

En el ascensor reinaba un silencio absoluto, solo se escuchaba el zumbido del mecanismo.

Cristian mantenía la vista baja, observando a Nerea.

Sus ojos profundos y sentimentales delineaban las cejas oscuras de Nerea, sus pestañas, su nariz respingada y sus labios rojos.

Parecía querer grabar ese instante de Nerea en lo más profundo de su ser.

Nerea notó la mirada de Cristian, pero no le hizo caso; siguió mirando al frente con total calma.

En cambio, Leonardo, movido por la posesividad, estaba muy molesto.

Su mirada era sombría. Si no fuera por las restricciones de su cargo, le habría encantado arrancarle esos ojos para dárselos a los perros.

«¿Qué tanto mira? ¡Esa es mi futura esposa!»

Ding.

Llegaron a su piso y los tres bajaron.

Nerea y Leonardo se detuvieron frente a la 2201; Cristian, frente a la 2202.

Cristian giró la cabeza para mirarlos. En ese momento, sin razón aparente, recordó algo de hace mucho tiempo.

En el cumpleaños de Martina, sus habitaciones en el yate también habían estado contiguas.

La situación de entonces era exactamente la opuesta a la de ahora.

En aquel momento, Nerea estaba sola en la habitación de al lado, mientras él compartía cuarto con Isabel.

Cristian sintió unas ganas repentinas de reír. El karma realmente existía y no perdonaba a nadie.

Al final, la vida siempre cobra factura; a veces solo tarda un poco más.

—Buenas noches, que descanses.

Nerea frunció el ceño adrede y se sobó la muñeca.

No estaba segura de si en el pasillo habían instalado cámaras ocultas.

Había situaciones imposibles de prevenir.

A los ojos de una persona normal, el agarre de Cristian había sido muy fuerte.

Ella no quería revelar su fuerza física sobrehumana, así que tenía que actuar.

Al ver a Nerea sobarse la muñeca, Cristian la miró lleno de culpa.

—Lo siento, Nere, no fue mi intención.

Nerea terminó su actuación, hizo como que no lo escuchaba y entró a la habitación.

Leonardo se apoyó en el marco de la puerta, mirando a Cristian con hostilidad.

—¡Que sea la última vez!

¡Pum!

Leonardo cerró la puerta de un golpe.

Desde afuera, Cristian pudo escuchar claramente el sonido del seguro.

Sabía que debía irse, pero sus pies parecían haber echado raíces y tener voluntad propia.

Se quedó parado frente a la puerta 2201 durante varios minutos.

Finalmente, cabizbajo y arrastrando un cuerpo exhausto, se dirigió a su propia habitación.

Cristian pasó la noche casi en vela.

Aunque no se escuchaba nada en la habitación de al lado, mantuvo los nervios tensos de forma casi neurótica, aguzando el oído, incapaz de relajarse.

Por eso, al día siguiente, cuando todos vieron a Cristian, tenía unas ojeras muy marcadas.

En cambio, Leonardo se veía fresco como una lechuga y extrañamente animado.

No solo eso: tenía una herida sospechosa en la comisura del labio y una marca roja medio oculta en el cuello.

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