Estados Unidos. En la residencia privada de Liam.
Cuatro o cinco camionetas todoterreno negras entraron en la propiedad.
Más de veinte hombres de complexión robusta bajaron de los vehículos. Liam se adelantó para recibirlos.
—Bienvenidos. Adelante, Rivas.
El líder de la operación era Rivas, el francotirador, quien llevaba un palillo de dientes en la boca.
—Señor Santillán, ¡qué chingón! Lo consiguió bastante rápido.
—Pasen, vengan a ver.
El sótano, brillantemente iluminado, estaba atestado de armamento.
A Rivas le brillaron los ojos.
—¿Todo esto?
—Compre uno y llévese el otro gratis.
Rivas rio y le dio una palmada en el hombro a Liam, derrochando elogios.
—¡Mis respetos, señor Santillán! Con razón es uno de los empresarios más fuertes del país. ¡Qué manera de negociar! ¡Me quito el sombrero!
Los demás también expresaron su admiración.
—¡Nosotros también lo respetamos!
—¡Estamos a sus órdenes para lo que necesite!
Liam sonrió con modestia.
—Tranquilos, me halagan demasiado.
Rivas, con confianza, le dio un ligero golpe en el brazo.
—Ay, no sea modesto. Si yo hubiera conseguido esto, estaría presumiéndolo a los cuatro vientos.
En realidad, Liam no estaba siendo humilde.
Al parecer, el peor enemigo de Lucas temía que no tuvieran suficientes armas para acabar con él, por lo que literalmente les había enviado todo el arsenal disponible.
Si compraban un rifle, no les regalaban una bala, ¡les mandaban un misil!
Rivas y sus hombres cargaron las armas en los vehículos y aprovecharon la casa de Liam para prepararse.
Repasaron las posiciones y los objetivos de cada uno.
Tras cenar rápidamente, abandonaron la mansión.
De pie en la entrada, Liam observó cómo el convoy se alejaba, rezando en silencio: «Nerea, regresa a salvo».
Por otro lado, en el Instituto de IA del Grupo Vega.
Esta operación no podía involucrar a los gobiernos.

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