—El señor Palma es muy atrevido. Acaba de ser castigado por Mauro por lo del vestido y ya está atacando a Doris de nuevo.
—Bueno, él siempre ha sido así de rebelde, como un caballo salvaje. Y no me negarás que a mí me gustan de ese tipo.
—Je, je, pues en cuanto Doris lo rechace, invítalo tú.
—¡Trato hecho!
De reojo, Doris también notó que Patricio extendía la mano, invitándola solemnemente a bailar.
Justo cuando todos pensaban que Doris se negaría, ella miró a Patricio, sonrió y, con toda calma, le tendió la mano.
Casi todos se quedaron boquiabiertos.
—¿Qué está pasando? ¿Se atrevió a aceptar?
—¡Y con Patricio, con quien no se lleva bien!
—¡Ahora sí que está en problemas! ¡A ver cómo la humilla Patricio mientras bailan!
Ricardo, sin embargo, no sintió ninguna emoción. Sabía que había sido Doris quien había propuesto el baile.
De repente, Doris se convirtió en el centro de atención.
Nadie prestaba ya atención a lo bien que bailaba Carolina; todos esperaban ver si Doris hacía el ridículo.
—Mira, ahora mi hermano Higinio solo puede aspirar a este tipo de mujer —volvió a sonar la voz de Álvaro al oído de Carolina.
Carolina apartó la vista de Doris. «Sí, no puedo arrepentirme. Ya no soy la heredera de la familia Palma; todos saben que solo soy adoptada. Si me caso con Higinio y él pierde poder en la familia Villar, ¡me quedaré sin salida! ¡Veinte años de esfuerzo se irán a la basura!».
—Es cierto, ahora tú eres superior, joven Álvaro. El futuro heredero de la familia Villar serás tú, estoy segura —dijo Carolina, levantando la cabeza y sonriéndole dulcemente a Álvaro.
—Tranquila, el prestigio que Higinio pudo darte antes, yo también te lo puedo dar —le aseguró Álvaro.
Después de la octogésima novena pisada, con sus zapatos de cuero ya pelados, ¡Patricio se hartó!
—Doris, ¿lo estás haciendo a propósito?
—¿Acaso no es esto lo que querías ver? —respondió Doris, exasperada.
—¿Qué quieres decir con que es lo que yo quería ver? ¡Como si pudieras bailar de otra manera! —Patricio estaba a punto de explotar de rabia.
—Pues sí, la verdad es que puedo —dijo Doris con una sonrisa pícara.
—¡Ja! ¡¿Y crees que te voy a creer?! —Al ver que no había logrado que la gente se burlara de Doris y que, en cambio, él mismo casi se convertía en el hazmerreír, Patricio se rindió—. ¡Olvídalo! ¡No bailo más!
Pero justo cuando Patricio iba a soltarla, ¡los pasos de Doris de repente se volvieron ligeros y ordenados!
Al notar el sutil cambio, Patricio frunció el ceño. Siguió sus pasos, ¡a ver qué tramaba ahora

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