Patricio no tardó en descubrir que Doris, en efecto, sabía bailar.
Y no solo sabía, sino que lo hacía con una soltura y una elegancia que no le pedían nada a los movimientos de Carolina.
No, de hecho, se podría decir que su estilo era incluso más exquisito y ligero.
Parecía como si estuviera acostumbrada a frecuentar este tipo de fiestas de alta sociedad.
Patricio no pudo evitar quedarse boquiabierto. En ese momento, Doris tenía la elegancia de un cisne.
¿De verdad era la misma Doris que él conocía?
En ese instante, Doris estaba muy cerca de él.
Llevaba ya varios días desde que había vuelto a la familia Palma, y por fin, esa noche, él se detenía a observar con atención a su «hermana biológica».
Su piel no era tan blanca y tersa como la de Carolina, pero aparte de tener un tono más apiñonado, era igual de lisa, sin una sola imperfección.
Sus ojos brillaban intensamente, como estrellas titilando en el cielo nocturno.
De hecho, durante el minuto en que apagaron las luces para demostrar cuál de los vestidos de gala era el auténtico, Patricio ya se había sentido un poco impresionado por Doris.
Sí, admitía que lo había impresionado, ¡pero solo un poco!
Sin embargo, ahora sentía que lo había vuelto a hacer. ¿Qué estaba pasando?
Las risas del público también se extinguieron, reemplazadas por murmullos de asombro. La escena que presenciaban era simplemente deslumbrante.
El vestido de gala que llevaba Doris ya era el más llamativo de la fiesta y, combinado con la gracia de sus movimientos, hacía imposible apartar la mirada.
—Bueno, admito que me cerró la boca.
—A partir de este momento, no volveré a subestimarla.
—¡Hasta Patricio se quedó pasmado! ¡Seguro no se imaginaba que todos los pisotones que le dio antes eran parte de una broma!
Carolina apretó los puños. ¿Cómo era posible que Doris, una chica de pueblo, supiera bailar tan bien?
Distraída, pisó sin querer a Álvaro Villar.
Reaccionó al instante.
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