Ricardo también la miraba con desdén.
—Se le subió demasiado a la cabeza.
Carolina regresó a su asiento.
Al pasar junto a Doris, le susurró con una sonrisa:
—Doris, que tengas una buena actuación. Hay mucha gente viéndote, no vayas a hacer el ridículo.
Doris la miró de reojo.
—Tú eres la que debería pensárselo bien. Con ese talento que tienes, mejor aprende a sembrar conmigo. Así, cuando te echen de la familia Palma, al menos podrás mantenerte por ti misma.
Carolina se quedó sin palabras.
Bajo la atenta mirada de todos, Doris se sentó al piano y se arremangó las mangas de su vestido de gala sin ninguna ceremonia, un gesto que contrastaba totalmente con la elegancia que Carolina había mostrado antes.
Sin embargo, tras sentarse, Doris no empezó a tocar de inmediato. Cerró los ojos, movió las manos en el aire como si dibujara algo y tarareó en voz baja.
—Parece que de verdad está improvisando.
—Solo está fingiendo.
—¿Cuánto más va a tardar? ¿No nos vamos a quedar aquí viéndola sin hacer nada?
Justo cuando la gente empezaba a impacientarse, Doris abrió los ojos. Su mirada ya no era despreocupada, sino que revelaba una determinación nunca antes vista.
Entre la multitud, Higinio levantó de nuevo su celular y enfocó a Doris frente al piano.
Estos eran momentos preciosos que debían ser guardados.
Germán, al notar el gesto de Higinio, no se quedó atrás. No solo sacó su propio celular, sino que extendió la mano hacia su padre, Benedicto.
—Papá, préstame tu celular.
Benedicto frunció el ceño.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Dámelo y ya —replicó Germán, irritado—. ¿O ya no soy tu hijo?
Benedicto se quedó sin palabras.

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