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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 108

Ricardo también la miraba con desdén.

—Se le subió demasiado a la cabeza.

Carolina regresó a su asiento.

Al pasar junto a Doris, le susurró con una sonrisa:

—Doris, que tengas una buena actuación. Hay mucha gente viéndote, no vayas a hacer el ridículo.

Doris la miró de reojo.

—Tú eres la que debería pensárselo bien. Con ese talento que tienes, mejor aprende a sembrar conmigo. Así, cuando te echen de la familia Palma, al menos podrás mantenerte por ti misma.

Carolina se quedó sin palabras.

Bajo la atenta mirada de todos, Doris se sentó al piano y se arremangó las mangas de su vestido de gala sin ninguna ceremonia, un gesto que contrastaba totalmente con la elegancia que Carolina había mostrado antes.

Sin embargo, tras sentarse, Doris no empezó a tocar de inmediato. Cerró los ojos, movió las manos en el aire como si dibujara algo y tarareó en voz baja.

—Parece que de verdad está improvisando.

—Solo está fingiendo.

—¿Cuánto más va a tardar? ¿No nos vamos a quedar aquí viéndola sin hacer nada?

Justo cuando la gente empezaba a impacientarse, Doris abrió los ojos. Su mirada ya no era despreocupada, sino que revelaba una determinación nunca antes vista.

Entre la multitud, Higinio levantó de nuevo su celular y enfocó a Doris frente al piano.

Estos eran momentos preciosos que debían ser guardados.

Germán, al notar el gesto de Higinio, no se quedó atrás. No solo sacó su propio celular, sino que extendió la mano hacia su padre, Benedicto.

—Papá, préstame tu celular.

Benedicto frunció el ceño.

—¿Y ahora qué vas a hacer?

—Dámelo y ya —replicó Germán, irritado—. ¿O ya no soy tu hijo?

Benedicto se quedó sin palabras.

La música se detuvo abruptamente y el salón quedó en silencio.

Tras tres segundos de calma, el sonido del piano regresó con la fuerza de una tormenta, una oleada de música tan grandiosa y potente que dejó a todos sin aliento.

Se sintieron como si estuvieran en medio de un mar embravecido, sobre una pequeña barca que se tambaleaba.

En el horizonte, los relámpagos y truenos creaban una escena peligrosa, y la barca bajo sus pies amenazaba con volcar en cualquier momento.

En ese instante crítico, un gran barco apareció a lo lejos, avanzando lentamente hacia ellos.

De repente, vieron una luz de esperanza y comenzaron a celebrar con júbilo.

En esa espera tensa y emocionante, el gran barco llegó sano y salvo y se detuvo frente a ellos.

Una figura borrosa se erguía en la proa, mirándolos desde arriba.

¡Debía ser un hada que había descendido del cielo para rescatarlos!

La escena cambió. Con lágrimas en los ojos, se encontraron recostados en la cubierta del gran barco, observando cómo el cielo, antes tormentoso, se despejaba poco a poco. La luz del sol se filtraba entre las nubes, bañándolos con su calor y haciéndolos sentir una calidez reconfortante en todo el cuerpo.

***

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