Higinio miró a Gabriela y sonrió con ironía.
—Gabi, si esperabas reírte de mí, pensando que me iba a casar con una mujer inútil, me temo que te vas a llevar una decepción.
Gabriela negó rápidamente.
—Hermano, me malinterpretas, yo no pienso eso. ¡Claro que espero que la señorita Palma sea hermosa y talentosa, incluso mejor que la hija adoptiva, Carolina! Pero, pensándolo bien, es imposible. Si fuera tan excepcional, ¿por qué Julián la habría dejado casarse contigo en lugar de Carolina?
—Al fin y al cabo, ya no eres el de antes, así que no quiero engañarme a mí misma.
Al terminar, una sonrisa se dibujó en sus labios. Apenas podía contener la risa.
¡Burlarse de Higinio era un verdadero placer!
Higinio la miró, con la misma calma de siempre.
—En realidad, si quieres saber cómo es la heredera de los Palma, podrías preguntarle a Álvaro. ¿Para qué molestarte en preguntarme a mí? ¿O es que, como ves que Manuel no está a mi lado, crees que puedes decir lo que quieras y que no te va a caer una bofetada?
Gabriela se escondió un poco detrás de Rubén y dijo con inocencia:
—Hermano, solo te pregunto porque me preocupo por ti. Quería saber de tu propia boca qué piensas de la heredera de los Palma. Y tú otra vez me asustas.
—Además, si no fuera porque tú y el abuelo sugirieron que no fuera a la fiesta de bienvenida, no estaría yo aquí sin saber nada.
Al decir esto, el tono de Gabriela se tiñó de un ligero resentimiento. Luego, agarró el brazo de Álvaro y le preguntó con impaciencia:
—Hermano, como mi otro hermano no me quiere decir, cuéntame tú qué pasó en la fiesta. ¿Es verdad que la heredera de los Palma es una total impresentable?
Álvaro negó con la cabeza.
—Todo lo contrario. Es muy brillante, incluso opacó a Carolina.
Rubén, que había permanecido en silencio, finalmente habló con una expresión de resignación.
—Ya basta, Higinio. No la llames «hija adoptiva» a cada rato. Fuiste tú, junto con tu abuelo, quien suplicó que se quedara. La trataste como a una hermana durante tres años. ¿Por qué ahora descargas tu frustración por tus piernas en ella?
La sonrisa de Higinio se tornó gélida.
—Padre, sí que eres parcial. Cuando Gabi habla sin respeto, te quedas callado. Pero en cuanto yo la critico un poco, sales a regañarme. Cualquiera que no supiera, pensaría que Gabi es tu verdadera hija y que yo solo soy el hijo adoptivo de los Villar.
Rubén suspiró, fingiendo preocupación.
—Higinio, sé que tu estado de ánimo no ha sido el mejor desde que quedaste lisiado. No pienses tonterías. Mañana llegará el psicólogo que contraté para que te dé terapia todos los días.
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