Rubén se estremeció y no se atrevió a decir nada más.
Gabriela y Álvaro también bajaron la cabeza, sin atreverse a intervenir.
—Rubén —continuó Enrique sin piedad—, de todos mis hijos, eres el más inútil. Si no fuera porque te casaste con una mujer competente que te dio un hijo tan brillante, seguirías siendo un don nadie. ¿Crees que de otro modo tendrías derecho a vivir aquí?
Se refería a la centenaria mansión de la familia Villar.
Enrique solo permitía que sus hijos o nietos predilectos vivieran allí, lo que indirectamente los reconocía como posibles herederos.
En otras palabras, ¡Rubén, Álvaro y Gabriela vivían allí gracias a Higinio!
Dicho esto, Enrique lanzó una mirada gélida a Gabriela.
—Mi nieto Higinio es el único heredero de la familia Villar que reconozco por ahora. Faltarle el respeto a él es faltarle el respeto a la familia Villar. Cómo vas a lidiar con esta hija adoptiva, Rubén, piénsalo bien. ¡No me obligues a intervenir personalmente!
Gabriela miró a su padre, Rubén, con pánico.
—Papá…
Para calmar las aguas, Rubén apretó los dientes y, con el corazón encogido, le dio una bofetada a Gabriela.
*¡Zas!*
El golpe sonó con fuerza en la quietud de la noche.
La mejilla de Gabriela se enrojeció al instante.
Con los ojos llenos de lágrimas, miró a su padre con incredulidad.
Rubén, incapaz de soportar su mirada, desvió la vista y le ordenó con severidad:
—¡Gabi, discúlpate con tu hermano ahora mismo!
Gabriela, tapándose la mejilla, dudó un momento antes de acercarse a regañadientes y decir con voz ahogada:
—Hermano, lo siento, me equivoqué. No supe comportarme. Por favor, perdóname esta vez.
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