Doris negó con la cabeza, impotente, y sonrió.
***
Para cuando Álvaro terminó de instalar a Gabriela, ya era casi la una de la madrugada. Al volver, se encontró con que su padre, Rubén, todavía lo esperaba en la sala.
—¿Cómo está Gabi? —preguntó Rubén, masajeándose las sienes con una mirada agotada.
El rostro de Álvaro estaba sombrío.
—No está nada bien, no para de llorar. Como está sola afuera, por si las dudas, ya mandé a unos guardaespaldas a que vigilen cerca para protegerla.
Rubén suspiró.
—Sí, por ahora tendrá que aguantar un poco allá afuera. En cuanto tomemos el control por completo, la traeremos de vuelta.
Álvaro se acercó por detrás de Rubén, le quitó las manos y comenzó a masajearle él mismo las sienes.
—No puedo creer lo despiadado que es Higinio —dijo—. Tres años de relación con Gabi y los tira a la basura como si nada.
Los ojos de Rubén se llenaron de frialdad y soltó un bufido.
—Sí, con lo tranquilo que parecía estos años, la verdad es que subestimé lo poco que le importa a este hijo mío.
—Papá —dijo Álvaro—, ¿no crees que de verdad haya descubierto algo?
Rubén recordó cómo Higinio había cuestionado que Gabriela fuera su hija y asintió, compartiendo la misma preocupación.
—Seguramente sospecha que Gabriela es mi hija.
Al decir esto, sintió un extraño alivio.
—Pero es mejor que sospeche eso. Así centrará su atención en Gabi y no en ti. Tu identidad es lo que no puede revelarse bajo ninguna circunstancia.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida