—Claro que no, mi niña —respondió Fátima con una sonrisa radiante—. Tus manos nunca han tocado un traste, ¿cómo voy a dejar que hagas trabajo de cocina? Ve a esperar afuera.
Carolina asintió.
—Está bien, mamá.
Salió de la cocina y se sentó en silencio en el sofá. Observó a Doris y Tatiana desayunar entre risas y charlas, y el odio en sus ojos se hizo cada vez más intenso.
Si no fuera por Doris, ella podría estar disfrutando de un desayuno familiar así todas las mañanas, sin preocupaciones y en armonía.
Su padre, Julián, la valoraba; su madre, Fátima, la adoraba; y sus dos hermanos la consentían sin medida.
Pero ahora, en apenas una semana desde que Doris había vuelto con la familia Palma, ¡todo había cambiado!
¡Doris había arruinado la vida perfecta que tenía!
¡Y no iba a permitir que siguiera presumiendo y saliéndose con la suya!
***
Media hora después…
—Doris, ven, te he preparado un postre de frutas. Pruébalo, a ver qué te parece —dijo Fátima mientras ella y Patricio salían de la cocina, cada uno con un tazón del postre recién hecho.
Doris y Tatiana acababan de terminar el desayuno que había preparado Emma. Doris se tocó el estómago, echó un vistazo al postre humeante en las manos de Patricio y dijo con indiferencia:
—Déjalo ahí. Ahorita no me cabe nada.
—Mamá, Doris y la tía acaban de comer —dijo Carolina en voz baja.
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