La expresión y las palabras de Manuel asustaron a la recepcionista. Miró a Higinio y, al notar que estaba en una silla de ruedas, recordó los rumores que circulaban en la empresa sobre el señor Villar.
Se decía que el corporativo estaba a punto de cambiar de manos.
El legendario señor Villar había quedado lisiado y estaba a punto de ser destituido para que el actual señor Villar tomara el control.
Ese rumor lo habían oído casi todos los empleados nuevos, incluyéndola a ella.
Eso significaba que el hombre que tenía delante era, muy probablemente, el antiguo presidente a punto de caer en desgracia.
Había que admitir que, incluso en una silla de ruedas, el primogénito de la familia Villar desprendía un aire de nobleza único. No era de extrañar que en su día hubiera sido una figura tan destacada en el mundo de los negocios.
Pero era una lástima. Por muy brillante que hubiera sido, ahora este señor Villar no era más que un lisiado que, según se decía, también había perdido la capacidad de tener hijos.
Mantuvo su sonrisa profesional y, con un tono formal, dijo:
—Disculpe, acabo de empezar y no estoy al tanto de todos los detalles de la empresa. Simplemente, el gerente de recursos humanos nos indicó claramente que nuestro presidente es Álvaro.
Manuel soltó una risa fría.
—Apenas ha pasado un mes y Álvaro ya planea adueñarse del corporativo.
El rostro de Higinio permaneció impasible.
—De verdad que no me atrevo a dejarlos pasar sin autorización —continuó la recepcionista—. ¿Por qué no esperan en la sala de descanso de aquí abajo? En cuanto el señor Villar termine su junta, le avisaré.
Manuel volvió a reír con desdén.
—¿Esperar? Ja. En este corporativo, los demás esperan al joven amo, no al revés. ¡Vaya aires se da Álvaro! Llámale ahora mismo y dile que baje a recibirnos.
—Solo puedo intentarlo —dijo la recepcionista, cediendo ante la insistencia. Se dio la vuelta y, desde la recepción, marcó el número de Álvaro.
Esta vez, Álvaro no colgó. La llamada fue contestada.
Higinio recordó cómo Álvaro le había colgado casi al instante y sonrió en silencio. Una frialdad se instaló en su mirada. A decir verdad, Álvaro era demasiado impaciente y ansioso por el poder.
—Señor Villar, disculpe, hay un caballero en silla de ruedas aquí abajo que desea verlo. Pide que baje de inmediato… ¿La junta no ha terminado? ¿Falta media hora? ¿Le digo que espere? De acuerdo… Entendido.
Tras colgar, la recepcionista se disculpó de nuevo con Higinio y Manuel.


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