La palabra “digna” hirió a Gabriela.
Pero mientras su hermano no eliminara por completo el obstáculo que representaba Higinio y se convirtiera en el heredero de la familia Villar, ¡su propia identidad tenía que permanecer en secreto!
¡No le quedaba más que aguantar!
Gabriela apretó los labios, con un destello de odio en la mirada. ¡Como si a ella le gustara llamarlo hermano!
Si no fuera por el plan de su verdadero hermano, no tendría por qué rebajarse así.
Doris se sentó en un sillón, cruzó las piernas y negó con la cabeza.
—Higinito, mírala. Parece que hasta te desprecia. Yo digo que eres demasiado blando con ella por los viejos tiempos.
Una cosa era que Higinio la amenazara, ¡pero que esta tal Doris viniera a meterse!
Gabriela no pudo contenerse más y estalló:
—Señorita Palma, este es un asunto de la familia Villar. ¡A usted qué le importa! ¿Por qué se mete? Mi hermano me trató como a su propia hermana durante tres años. ¿De verdad cree que me va a hacer daño solo porque le respondí mal?
Al oír esto, la expresión de Manuel, que estaba detrás de Higinio, cambió. Bajó la vista hacia su joven amo.
Si las provocaciones de Álvaro y Gabriela le eran indiferentes, cuando se trataba de la señorita Doris, ¡la tolerancia de su amo era cero!
Doris miró a Higinio.
—Oye, Higinito, me está gritando. Si no haces nada, se me van a ir las manos.
Higinio suspiró.
—Pensaba esperar a que llegara Álvaro para encargarme de Gabriela delante de él. Pero veo que no puede con su genio y, al ofenderte en mi presencia, está pidiendo a gritos que la despachen antes. Manuel.
Sin embargo, no vio ni el más mínimo rastro de compasión o duda en el rostro de Higinio.
¡Esta vez, parecía que iba en serio!
Doris, con la barbilla apoyada en la mano y la pierna cruzada, observaba la escena con interés, con una mirada casi emocionada.
Viendo a Manuel acercarse cada vez más, el corazón de Gabriela latía con fuerza. Siguió retrocediendo hasta que estuvo a punto de llegar a la puerta.
Pero justo cuando se dio la vuelta para salir corriendo, una copa de cristal lanzada por Doris le golpeó la pantorrilla, haciéndola perder el equilibrio y caer de rodillas.
Cuando reaccionó y se giró apoyándose en el suelo, Manuel ya estaba de pie justo detrás de ella.
Sus pupilas se dilataron y su corazón se detuvo por un instante.
—¡No te acerques! ¡Aléjate de mí

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