De repente, la atmósfera en la habitación se volvió tensa, como si el aire se hubiera congelado.
—¿A qué se refiere, señorita Palma? —dijo Gabriela, claramente molesta—. ¡Deje de hablar con esas indirectas!
Doris chasqueó la lengua.
—¿Ya te enojaste? Como la hija adoptiva de la familia Villar, Higinito te trataba de maravilla, ¿no? Pero después de que te salvó y se quedó lisiado, ¿qué hiciste tú? Cuando la gente no sabe agradecer y se vuelve ambiciosa, al final solo consigue su propia ruina.
Al escuchar su burla, Gabriela apretó los dientes.
—¡No sé de qué hablas!
En ese momento, Higinio preguntó con ternura:
—Dori, ¿te gusta este lugar?
Doris apartó la vista de Gabriela y echó un vistazo a la casa, asintiendo con satisfacción.
—La ubicación es excelente y la decoración es muy bonita. ¿Qué, acaso piensas dármela como nuestra casa de casados?
Higinio negó con la cabeza y sonrió.
—Sería muy modesta para una casa de casados. Pero si te gusta, te la daré como parte de la dote.
Al oír esto, Gabriela se levantó de un salto, indignada.
—Hermano, este es el lugar que Álvaro me consiguió para vivir ahora. Si se lo regalas a la señorita Palma, ¿dónde voy a vivir yo? ¿O es que viniste a buscarme para llevarme de vuelta?
Higinio la miró con una sonrisa burlona.
—Gabriela, ¿de verdad crees que Álvaro tiene una propiedad en una zona tan exclusiva de Solara? Esta casa está a mi nombre. Te eché de la familia Villar y no puedo creer que Álvaro se haya atrevido a instalarte en una de mis propiedades.
Gabriela abrió los ojos de par en par, sus labios temblaron.
¡¿Esta casa no era de su hermano?!
—Si Higinito es tan generoso, entonces no seré yo quien se niegue —dijo Doris.


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