Esa amenaza silenció por completo a Fátima.
Mauro, agotado, hizo un gesto con la mano.
—Hoy decido yo. Dejemos este asunto por la paz, ¿de acuerdo?
—Como usted diga, papá —dijo Julián finalmente.
Ahora era Fátima la que no decía nada.
Tatiana miró a Doris, sabiendo que debía estar furiosa.
—Si a Doris le parece bien que lo dejemos así, entonces se queda así. Si no, pues no.
Al oír esto, Fátima se alteró.
—Cuñada, ¡los únicos que hemos salido perdiendo hoy hemos sido nosotros! ¿Qué motivo tendría ella para no estar de acuerdo?
—Lastimaron a Emma —dijo Doris sin rodeos.
—¿Qué? —Fátima casi se ríe de la rabia—. ¡Es solo una empleada! ¡A mí me tuviste enferma medio día y no me quejé! ¿Y ahora me dices que una empleada lastimada es peor que lo que yo pasé?
Emma también se sorprendió, y sus ojos se llenaron de lágrimas. La señorita Doris era demasiado buena; incluso quería defenderla a ella.
Doris sonrió con frialdad.
—Esa “empleada” al menos supo protegerme. Tú, en cambio, eres una malagradecida. ¿Por qué crees que me importaría si te lastimaste o no?
La respuesta dejó a Fátima sin palabras.
Mauro también miró pensativamente a la empleada, Emma, y finalmente suspiró con resignación.
—Es verdad. Qué desastre…
Sacudió la cabeza.
—Julián, si no hubieran hecho tanto escándalo en su momento y simplemente hubieran reconocido a su hija, nada de esto estaría pasando. En cuanto a Carolina, ya tiene veinte años y la educaron para ser una mujer excepcional. ¿Acaso no podría sobrevivir sin la familia Palma? En el peor de los casos, podrían haber roto su compromiso con el señor Villar y arreglarle otro matrimonio. No había necesidad de llegar a este punto.
Julián guardó silencio por un largo momento, luego miró a Doris, que estaba detrás de Tatiana, con una advertencia en los ojos.
Era, sin duda, la mayor humillación de su vida.
¡Y se la había infligido su propia hija!
Mauro tampoco se lo esperaba. Miró a su nieta, Doris, con cierta impotencia.
—Doris, esta vez te pasaste. Había otras maneras de defender a Emma.
Pero Doris negó con la cabeza.
—Abuelo, solo el ojo por ojo es una verdadera venganza. Cualquier otra cosa es conformarse.
Mauro quiso decir algo, pero se contuvo.
No es que quisiera condenar a su nieta, sino que temía que su carácter tan afilado pudiera traerle problemas.
Fátima, que había estado observando a Mauro para ver cómo reaccionaría ante la patada que recibió su esposo, se enfureció al ver que el patriarca solo le decía a Doris unas palabras tibias que ni siquiera llegaban a ser un regaño.
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