Para cuando Verdín reaccionó, ya estaba frente a los ojos verdes y brillantes de Negrito y Blanquito.
Negrito: ᕮ◥▶‸◀◤ᕭ
Blanquito: ╰_╯╬
La piel de Verdín se erizó por completo y se escabulló de inmediato.
Higinio: [Dori, no pongas la vara tan baja, me haces sentir inseguro. Después de todo, un físico bonito se puede reemplazar en cualquier momento, pero si le sumas carisma, la cosa se complica.]
Doris sonrió.
[Pues déjame decirte que tu carisma me atrajo desde hace mucho. Si no, ¿por qué crees que acepté casarme contigo el día que fuiste a buscarme a Pueblo de la Luna?]
Al ver el mensaje en la pantalla del celular, los ojos oscuros de Higinio brillaron con intensidad.
La verdad era que no se había imaginado que Doris también hubiera tenido una buena impresión de él desde el primer momento.
En aquel entonces, él no era más que un lisiado.
Así que su amor a primera vista no había sido una simple ilusión.
Higinio: [Me hace muy feliz que digas eso. De repente, me siento mucho más seguro.]
Doris: [Bueno, ya. Descansa y recupérate. Con esta alegría, seguro que esta noche dormirás como un bebé.]
Higinio: [De acuerdo. Ojalá sueñe contigo.]
Doris estuvo a punto de responderle que ella ya había soñado con él. Y no solo eso, ¡había sido un sueño erótico!
***
Al día siguiente, lunes por la mañana.
Ricardo, junto con dos de los jardineros de la casa, comenzó a preparar el terreno que Doris había delimitado en el patio trasero para su jardín de hierbas medicinales. Empezaron a las ocho de la mañana y, después de poco más de una hora, ya sentía la espalda adolorida y sudaba a mares.
Sobre todo porque se apoyaba en una pierna que apenas se había recuperado de una fractura, lo que le hacía perder el equilibrio constantemente.
—Sé que odias a nuestros padres por saber que existías y no haberte traído de vuelta. Y también sé que nos odias a Patricio y a mí por haberte buscado problemas en cuanto llegaste.
—Qué bueno que lo sabes. Si todavía te queda algo de vergüenza, entonces ahórrate el discurso. Ni se te ocurra decir que solo me buscaste problemas, ¿o ya se te olvidó que intentaste cortarme la cara? Si le hubieras hecho eso a una chica normal que no pudiera defenderse, le habrías arruinado la vida —dijo Doris, volviendo a su libro, sin ganas de seguir escuchándolo.
Pero Ricardo no pensaba rendirse.
—Por eso me rompiste la pierna derecha y me dejaste cojo. Se podría decir que pagué mi merecido y estamos a mano. Incluso si no puedes superar tu odio y perdonarnos, o si no quieres reconocernos como tu familia, ¿realmente vale la pena pelear hasta destruirnos mutuamente? ¿Qué ganas tú con eso?
Doris levantó la vista de nuevo y sonrió con ironía.
—¿Quién dijo que vamos a destruirnos mutuamente? Aquí los únicos que van a terminar muertos son ustedes. Yo voy a seguir viva.
Ricardo: «…».
—Tal vez si me hubieras dicho esto antes, habría pensado que estabas delirando —continuó Ricardo—. Pero ahora admito que tienes talento. Y es precisamente porque veo que tienes talento que no quiero verte atrapada en el odio, sin poder salir de él.
***

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