—¿En qué piensas? ¿No vas a arrancar? —La voz arrogante de Patricio interrumpió los pensamientos de Antonio.
Carolina le sonrió a Antonio.
—Antonio, mi otro hermano también ha salido. Por favor, ve tú delante para guiarnos.
Antonio volvió en sí y vio que otro Porsche se había detenido junto al Ferrari. Dejó a un lado sus pensamientos, miró de reojo a Patricio en el asiento del conductor del Ferrari y, sin seguirle el juego, respondió con frialdad:
—La señorita Palma ya sabe la dirección. Es en Ají y Limón. ¿O es que ese carro de lujo tuyo no tiene GPS?
Carolina se quedó perpleja.
Patricio tampoco se esperaba que Antonio se atreviera a burlarse de él.
—Y si no sabes cómo llegar a Ají y Limón, mejor cancelamos la reunión con Dovina —continuó Antonio—. No es como que yo les esté rogando por ir.
Dicho esto, subió la ventanilla, arrancó el carro y se fue, sin siquiera mirar la reacción de Carolina y Patricio.
Solo cuando el carro de Antonio se alejó, Patricio reaccionó.
—¡No puede ser! ¿Qué quiso decir con eso?
Carolina tuvo un mal presentimiento. No se esperaba que un tipo que la adulaba como Antonio pudiera enojarse con ella.
Desde el asiento trasero del Porsche, Ricardo bajó la ventanilla y preguntó:
—Caro, el carro de tu amigo ya se fue, ¿ustedes por qué no avanzan?
—Hermano, adelántate tú —dijo Carolina rápidamente.
Ricardo, ansioso por conocer a *Dovina*, asintió y le dijo al chófer que siguiera al carro de Antonio.
Patricio, dándole vueltas al asunto, solo pudo llegar a una conclusión:
—¡Seguro se sintió intimidado por mi Ferrari! ¡La gente pobre es tan acomplejada! Con esa actitud, ¿de verdad conocerá a la Maestra Dovina?
—Patricio, él es un autor conocido en la misma plataforma que Dovina, no creo que me esté mintiendo. Mejor vamos para allá y vemos qué pasa —dijo Carolina.


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