Levantó las bolsas de ropa.
—Tío, ¿puedo pasar?
Felipe la observó por un momento. Al no notar nada extraño, dijo:
—Claro, pasa.
—Gracias, tío —respondió Carolina con una sonrisa educada. Entró con Felipe y le dedicó una sonrisa dulce a Tatiana, que los miraba desde el sofá—. Tía.
Tatiana asintió cortésmente, sin decir nada.
—Tío, ¿en qué habitación está Doris? —preguntó Carolina.
—En la del centro, en el tercer piso —respondió Felipe.
—Bien, entonces le llevaré la ropa —dijo Carolina y subió las escaleras con las bolsas.
***
—A Doris no le cae bien —dijo Tatiana, observando la espalda de Carolina—. ¿Debería subir a ver qué pasa?
—No te preocupes. Deja que Doris se encargue. Es muy lista, sabrá manejar la situación —respondió Felipe.
Tatiana dudó un momento, pero no insistió. Tomó su tableta.
—Hablando de eso, sí que necesitamos comprarle ropa a Doris. Voy a pedirle al dueño de la tienda que me envíe fotos de los nuevos modelos.
***
Carolina se quedó sin palabras.
—Vaya, qué confianza tienes, Doris —dijo con desdén—. Pues entonces, esperaré a ver cómo me echas de la casa Palma y te ganas el respeto de todos para asegurar tu posición como la verdadera heredera.
Dicho esto, Carolina colgó las bolsas en el pomo de la puerta y se dio la vuelta para irse.
No había dado muchos pasos cuando escuchó un golpe seco a sus espaldas.
Se giró y vio que las bolsas de ropa estaban esparcidas por el suelo. Doris las había tirado.
—Doris, aunque no te caiga bien, no deberías despreciar mi buena intención —dijo, fingiendo lástima—. Después de todo, probablemente nunca en tu vida has usado ropa de marcas tan lujosas.
***

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