Dicho esto, se dio la vuelta y salió de la habitación con Rubén.
Una vez que se fueron, la mirada de Higinio se volvió gélida.
—Averigua, cueste lo que cueste, si Álvaro es realmente mi hermano.
Manuel asintió.
—Entendido, señor.
***
Era ya noche cerrada. Carolina abrió la puerta de la habitación de Patricio y se acercó lentamente a Fátima, que estaba sentada junto a la cama.
—Mamá, son las doce. Ve a descansar, yo me quedo la segunda mitad de la noche. No vaya a ser que Patricio despierte y tú te hayas derrumbado del cansancio. No te preocupes, yo lo cuido.
Fátima iba a negarse, pero los párpados le pesaban demasiado y ya no aguantaba más. Asintió, sin fuerzas.
—Está bien. Vigila bien a Patricio, háblale mucho, intenta despertarlo. Que se vea que no te ha consentido en vano todo este tiempo.
—Claro que sí, mamá. Cuidaré bien de Patricio —dijo Carolina con docilidad.
—Entonces me voy a descansar. Mañana, ya con las pilas recargadas, iré a ajustarle las cuentas a Doris. —Solo mencionar a Doris le hacía hervir la sangre.
Carolina asintió.
—Ve.
Fátima bostezó, se estiró la espalda y salió de la habitación arrastrando el cansancio.
Carolina la acompañó hasta la puerta y, después de asegurarse de que entraba en el elevador, se dio la vuelta, cerró y se sentó junto a la cama. Miró a Patricio, que yacía con los ojos cerrados, y susurró:
—¿Patricio?
—¿Me oyes?
Empujó suavemente el émbolo y de la fina aguja brotaron dos gotas de un líquido incoloro.
Luego, acercó la punta de la aguja a la vena del codo de Patricio y, poco a poco, fue inyectando todo el contenido hasta vaciar la jeringa. Solo entonces la retiró.
Finalmente, guardó la pequeña jeringa en el estuche del lápiz labial y dijo, con una expresión de tristeza y pesar:
—Patricio, esta inyección contiene un medicamento que te mantendrá en coma. No me culpes a mí, culpa a Doris. ¿Por qué no se conformó con ser la esposa sustituta como ustedes querían? ¿Por qué tenía que insistir en echarme?
—Y también te culpo a ti. ¿Por qué mandaste a investigarme? ¿Por qué dejaste de confiar en mí y de quererme sin condiciones?
—Patricio, ¿por qué no te quedas así, dormido para siempre? De esa manera, en tu mente, siempre seré esa hermana buena e intachable que conociste.
En la cama, Patricio escuchaba incrédulo las palabras de Carolina. Luchaba por abrir los ojos, pero por más que lo intentaba, no podía. Sin embargo, su mente estaba completamente despierta.
***

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