Tatiana asintió, de acuerdo con su esposo.
—Sí.
Sin embargo, para sorpresa de ambos, Doris dijo:
—Papá, mamá, quiero casarme con el señor Villar.
—¿Qué dijiste? —preguntaron Felipe y Tatiana al unísono.
—Quiero casarme con el señor Villar —repitió Doris con firmeza.
—Doris, acabas de llegar, no conoces la situación de la familia Villar —explicó Tatiana, recuperándose de la sorpresa—. Antes, el señor Villar era el soltero más codiciado de Solara. Pero, por desgracia, el mes pasado tuvo un accidente y quedó lisiado. Ya no puede caminar.
—Lo sé, pero no importa —respondió Doris con una sonrisa—. Soy experta en medicina, y estoy segura de que puedo curar sus piernas.
Al ver su confianza, Tatiana no supo qué decir.
—Bueno, dejemos eso por ahora. Sigue eligiendo la ropa.
***
—Caro, ¿no quiso tu ropa? —preguntó Fátima al ver a Carolina regresar con las bolsas sucias. Su tono era de disgusto.
—No... mi hermana todavía no me acepta —respondió Carolina con una expresión dolida.
—¡Qué malagradecida! —exclamó Patricio, molesto—. Caro, no tienes por qué humillarte tratando de complacerla. No vale la pena.
—Solo no quería dejarte toda la presión a ti, hermano —dijo Carolina con dulzura.
Las palabras de Carolina suavizaron la expresión de Patricio, que la miró con cariño.
—Qué tonterías dices. Es mi deber como hermano protegerte. Así que no vuelvas a hacer algo así. Fuimos nosotros, tus padres y yo, los que insistimos en que te quedaras. No tienes por qué aguantar sus desplantes.
—Doris no está haciendo ningún berrinche —respondió Felipe con calma—. Ya le entregó su identificación y su acta de nacimiento al abuelo para que tramite el cambio a mi nombre y al de Tatiana.
—Hermano, lo que dijo papá hoy fue solo por el enojo. No va a hacer algo tan descabellado. Fátima y yo hemos reflexionado. Acabamos de traer a Doris, no debimos presionarla tanto. Haremos lo que ella diga por ahora. Con el tiempo, cuando conozca a Caro, seguro que se llevarán bien —replicó Julián.
—Julián, si sigues pensando que Doris solo está haciendo un berrinche, nunca la aceptarás —dijo Felipe, mirándolo con impotencia.
En ese momento, llegaron Doris y Tatiana.
Todos en la familia Palma se giraron para mirarlas.
Doris llevaba un vestido naranja que le daba un aire enérgico y vibrante.
Recordando las palabras de sus padres, Patricio reprimió su aversión por Doris, se levantó y, forzando una sonrisa, la saludó con la mano.
—Hermana, ven, te guardé un sitio.

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