Doris le echó una mirada a Patricio y le dijo sin rodeos:
—Deja de reírte, ¿quieres? Esa sonrisa forzada se te ve horrible. Si no sabes sonreír, mejor síguele sonriendo a tu querida hermanita y no me molestes a mí.
Tras decir eso, siguió a Tatiana hasta los dos asientos vacíos junto a Felipe.
Tatiana se sentó al lado de Felipe, y Doris se sentó al lado de Tatiana.
Patricio se quedó sin palabras.
Ser humillado de esa manera en público casi hizo que la sonrisa se le borrara del rostro por la rabia. Le tomó un buen rato controlar su enojo antes de sentarse.
—Doris, deja de hacer berrinches —dijo Julián, visiblemente molesto.
Doris ni siquiera se molestó en mirarlo.
—Señor, yo no soy su hija. No le corresponde a usted educarme, ¿o sí?
Al escuchar que Doris lo llamaba «señor», la cara de Julián se ensombreció notablemente.
Fátima, incómoda, forzó una sonrisa y dijo:
—Doris, tu papá y yo sabemos que nos equivocamos. Queremos pedirte perdón aquí mismo. Ya no te enojes con nosotros, ven a sentarte junto a tu hermano.
Doris le respondió sin ninguna consideración:
—Señora, ¿acaso no entiende lo que le dicen?
Patricio no pudo contenerse más.
—¡Doris! ¡Son tus verdaderos padres, háblales con más respeto!
Doris soltó una risa burlona.
—¿Ya no vas a fingir? Qué rápido te desesperaste. ¿Y decían que sabían que se habían equivocado? ¿Esta es su forma de admitir un error?
En ese momento, la voz potente de Mauro resonó:
—¡Por qué están discutiendo otra vez!
Patricio controló su temperamento de inmediato.
—Abuelo, no estamos discutiendo. Solo creo que mi hermana acaba de llegar y quizá no entiende las reglas de una familia como la nuestra, así que se las estoy enseñando.
Julián, en cambio, le advirtió con un tono amenazante:
—Piensa bien lo que haces. Nosotros somos tus verdaderos padres. En el futuro, todo lo nuestro será para ti y para tu hermano. Carolina, como hija adoptiva, no puede opacar tu lugar como la verdadera heredera. Pero con tus tíos, serás igual que Carolina: una hija adoptiva que vive de arrimada. Esta es tu última oportunidad.
—¡Julián! ¡Jamás he pensado en tratar a Doris como una simple hija adoptiva! ¡Desde que me llamó «mamá» por primera vez, la he considerado mi propia hija! —exclamó Tatiana. Luego, sin atreverse a mirar a Doris a los ojos, sintió un nudo de nerviosismo y sus manos comenzaron a sudar.
Tenía miedo.
Miedo de que, en este último momento, la muchacha se arrepintiera y quisiera volver con sus padres biológicos.
Felipe colocó su mano suavemente sobre la de ella y le susurró:
—Tatiana, no te pongas nerviosa. Tenemos que confiar en la decisión de Doris.
Doris ignoró las palabras de Julián y Fátima y, con una voz increíblemente firme, dijo:
—Abuelo, estoy segura.
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