Luego, se giró hacia Mauro y le explicó con urgencia:
—Papá, es verdad que esta muchacha conoce al joven heredero de los Figueroa, ¡pero ese muchacho todavía no ha heredado el negocio familiar! Se la pasa de vago, escribiendo novelitas en internet para ganar unos cuantos pesos. Un mocoso como él, ¿qué poder de decisión va a tener en la empresa? ¿Crees que puede decir con quién colaborar y ya está? ¡Sería ridículo! Al final, todo depende de lo que decida su padre. ¡No te creas las mentiras de Doris, te está vendiendo puro humo!
«¿Humo?», pensó Doris.
El centro de investigación y cultivo de hierbas medicinales de la familia de Sergio dependía principalmente de ella.
Doris no era tonta. Los métodos para cultivar las hierbas más raras y valiosas se los guardaba para sí misma. Solo compartía las técnicas para las que eran fáciles de cultivar y propagar, y las implementaba en los terrenos de la familia Figueroa para su expansión.
Sinceramente, le daba pereza montar su propio centro de cultivo a gran escala. Requeriría demasiada energía, personal y recursos. Le bastaba con cuidar de su propio jardín medicinal.
Dada su autoridad en el campo del cultivo de hierbas, si ella proponía una colaboración, era imposible que Sergio se negara.
A Doris le dio flojera explicar todo eso, así que se limitó a lanzar una pulla:
—Por lo menos yo sé vender humo, y me atrevo a hacerlo. No como tú, tío, que ni vender humo sabes, ni se te ocurre cómo, ni tienes la capacidad para ello.
Julián sintió que su autoridad era desafiada y le gritó:
—¡Doris, mide tus palabras! ¡Aunque no sea tu padre, soy tu tío, tu mayor!
—¿Ah, sí? ¿Un mayor que no se da a respetar? —replicó Doris, en lugar de asustarse, añadiendo más leña al fuego.
—¡Con esa insolencia, demuestras que no tienes ni un poco de la educación de una señorita Palma! —continuó Julián, criticándola.


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