—¡Cállate! ¡Ya no digas más! —gritó Fátima Jiménez, incapaz de soportar que provocaran e insultaran así a su esposo.
Doris se encogió de hombros y miró a Mauro.
—Abuelo, entonces, ¿qué? ¿Va a aceptar el trato o no?
Esta vez, Mauro no dudó.
—De acuerdo. Será como dijo tu padre. Seis meses. Si tu tío no logra que la Compañía Farmacéutica Palma muestre avances, le entregará la administración a tu papá. Y en cuanto al diez por ciento de las acciones de la compañía, también te las puedo dar a ti.
—Papá…
Julián intentó decir algo más, pero Mauro no le dio la oportunidad.
—No digas nada. Todo esto es culpa de las estupideces de Patricio. ¡Tómenlo como una lección!
Fátima sintió que la sangre le hervía. No solo su hijo corría el riesgo de quedar en estado vegetativo por el accidente, sino que, al venir a pedirle cuentas a Doris, no solo no había conseguido nada, ¡sino que había tenido que ver cómo el patriarca le regalaba a Doris el diez por ciento de las acciones de la farmacéutica!
—Ahora, ¿supongo que es mi turno? —intervino en ese momento Higinio Villar, mirando a Julián y a Fátima con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Julián y Fátima se quedaron helados. Estaban tan concentrados en lidiar con Doris que se habían olvidado por completo del pez gordo que era Higinio.
Julián reaccionó y se giró rápidamente hacia Higinio, forzando una sonrisa que se veía algo tensa.
—Las imprudencias de mi hijo pusieron en peligro al señor Villar. Díganos cómo podemos compensarlo, lo que usted pida.
Higinio lo pensó un momento y, con una leve sonrisa, dijo lentamente:


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