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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 22

Al oírla, Fátima exclamó con ansiedad:

—¡Doris!

Doris ni siquiera se dignó a mirarla y respondió con impaciencia:

—Señora, es usted muy ruidosa.

Ese «señora» fue como un golpe en el pecho para Fátima, dejándola sin aire y con una profunda sensación de malestar.

—¡Ya basta! —la reprendió Mauro con severidad—. La actitud de esta niña es clara. No volverá a reconocerlos a ustedes.

Al obtener la respuesta afirmativa de Doris, Tatiana finalmente respiró aliviada.

Felipe le dio unas palmaditas en el dorso de la mano y sonrió.

—Te dije que estabas demasiado nerviosa. A Doris le agradas mucho.

Tatiana soltó una risa ahogada. No podía evitarlo, deseaba con todas sus fuerzas que Doris fuera legalmente su hija.

En ese momento, Carolina, que no había dicho una palabra, habló de repente:

—Abuelo, ya que Doris ha vuelto a casa, ¿no deberíamos organizarle una gran fiesta de bienvenida?

Todos se sorprendieron de que Carolina propusiera algo así.

Después de todo, ¡eso significaba que todo el círculo de la alta sociedad sabría que ella era una falsa heredera!

Carolina continuó explicando:

—Pensé en organizarle una fiesta de bienvenida por todo lo alto, para que toda Solara sepa que mi hermana es la única y verdadera heredera de la familia Palma.

La actitud de Mauro hacia Carolina se suavizó un poco.

—Es un buen gesto de tu parte.

Carolina miró a Doris con una expresión de sincera expectación.

—Solo espero de verdad que Doris pueda aceptarme. No quiero irme de la familia Palma porque no quiero dejar a mis padres y a mi hermano, no porque me importe el título de heredera. Y si ellos no me echan, es por la misma razón.

Fátima dijo con la voz entrecortada:

—Carolina, tu sensatez me parte el corazón.

Justo cuando Doris estaba a punto de irse con la familia de Tatiana, escuchó la voz fría y dura de Patricio a sus espaldas.

Rápidamente, Patricio se acercó con Carolina.

—Ya lo viste, ¿verdad?

Doris levantó la vista y asintió.

—Ah, sí, ya vi. Tengo a dos perros ladrándome en la cara.

Lo que Patricio había querido decir era: «¿Viste? Caro es tan buena y amable. Incluso después de cómo la trataste, sigue pensando en ti».

Pero nunca esperó que Doris los llamara perros a él y a Caro.

La ira tiñó su rostro, que hasta entonces había estado helado como el hielo.

—¡Doris! ¡Cómo te atreves a hablar así!

***

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