Doris ya tenía una idea general de la situación en la familia Villar; lo siguiente sería la prueba de fuego en la fiesta de compromiso del sábado.
Parecía que, en este momento tan crucial en que nadie daba un peso por Higinio, se necesitaba bastante fortaleza para seguir adelante con el matrimonio.
Con razón Carolina no se atrevió a arriesgarse y presionó a Julián y Fátima para que la trajeran de vuelta a la familia Palma para tomar su lugar.
Por un lado, no podía aceptar que Higinio hubiera perdido la movilidad de sus piernas; por otro, sentía que no solo era un hecho que él no se convertiría en el heredero de los Villar, sino que probablemente también tendría que enfrentar el acoso y la presión de todos los demás en la familia.
—¿Qué lees con tanta atención?
Doris bloqueó la pantalla de su celular y sonrió.
—Los archivos de los Villar que me mandó Higinio.
Tatiana comprendió.
—Ah, es bueno que te informes para estar prevenida. Con la situación actual de Higinio, seguro que los demás miembros de la familia Villar están al acecho del puesto de heredero.
Al decir esto, añadió:
—Aunque la familia Palma no se compara con la familia Villar y este matrimonio es un gran paso para nosotros, ni tu papá ni yo permitiremos que los Villar te falten al respeto.
Doris sonrió.
—Claro, con ustedes respaldándome, ¿a qué le puedo tener miedo? Al que se me ponga enfrente, le respondo.
Tatiana se sintió contagiada por su energía y sonrió.
—¡Exacto, no te dejes de nadie!
Hacía mucho que no se sentía tan liberada. Antes, bajo la protección y el cariño de su esposo, se sentía satis-fecha y sin deseos, y la gente siempre decía que era muy tranquila, como si nada le importara.
Ahora se daba cuenta de que todo eso era una tontería. ¡Era simplemente porque no tenía personas o cosas que valorara lo suficiente!
Esta niña, Doris, era ahora la hija que atesoraba. ¡Si alguien se atrevía a hacerle daño, estaba dispuesta a pelear con uñas y dientes!

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