—Ah —dijo Germán, sin mostrar mucho interés—. ¿Álvaro? No me suenas. Solo he oído hablar del primogénito de los Villar, Higinio. El lisiado que se va a comprometer con Doris.
La indiferencia lo molestó, pero como necesitaba un favor, Álvaro mantuvo su habitual amabilidad y fue directo al grano.
—Germán, me contaron que tú y Doris anduvieron un tiempo.
Al oír el nombre de Doris, los ojos de Germán se iluminaron.
—Sí, ¿y qué con eso?
—¿No te gustaría que fuera tuya? —le preguntó Álvaro, con un tono seductor.
Germán lo miró como si hubiera dicho una obviedad.
—Claro que quiero. ¿Qué? ¿Viniste hasta acá solo para ayudarme a conquistarla?
«Con eso basta».
La comisura de los labios de Álvaro se curvó hacia arriba.
—Exacto —asintió—. Si te echo una mano para que te quedes con ella, ¿estarías dispuesto a cooperar conmigo?
Germán asintió sin dudarlo.
—Por supuesto. El problema es qué quieres que haga.
Una chispa de malicia brilló en los ojos de Álvaro mientras bajaba la voz.
—Piénsalo. En la fiesta de compromiso de Doris con mi hermano, ¿qué crees que pasaría si todos los invitados los vieran a ustedes dos, solos en una habitación? ¿Crees que ella podría seguir adelante con el compromiso? Al final, no le quedaría más remedio que casarse contigo.
Germán se quedó helado por un instante, pero enseguida lo comprendió y aplaudió la idea.
—¡Genial! ¡Es una idea excelente! Así, sin reputación, ¡no tendrá más opción que elegirme a mí! Jaja…
Al verlo tan entusiasmado, Álvaro le advirtió con una sonrisa:
—No cantes victoria tan pronto. Mañana haré todo lo posible para crearte la oportunidad perfecta, pero que la sepas aprovechar o no, ya dependerá de ti.

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