Doris se había criado entre venenos y medicinas. Intentar drogarla era como querer enseñarle a un cura a rezar: un suicidio.
Después de maldecir a Álvaro, Germán miró la invitación que tenía en la mano. De todos modos, mañana iría a esa fiesta. Iba a arrebatarle a Doris de forma limpia y, de paso, ¡le contaría el plan de Álvaro!
Seguro que Doris se conmovería hasta las lágrimas.
***
En la villa del distrito este de la familia Palma.
A las once de la noche, sonó el teléfono. Era Sombra.
—Jefa, ya investigué. El que te estaba investigando era un hombre de Patricio, pero lo mataron justo después de terminar su reporte sobre tu pasado.
—¿Que lo mataron? —preguntó Doris, sorprendida. Estaba segura de que no habían sido los tíos y tías del pueblo.
«¿Alguien estaba tratando de impedir la investigación de Patricio? ¿Por qué?».
La única explicación era Carolina.
Tenía miedo de que Patricio descubriera que ella había contratado a alguien para hacerle daño en el pasado.
Eso sí que era interesante.
—¿Sabes qué descubrió el hombre de Patricio?
—Aunque lo mataron, descubrí que antes de morir contactó a un explorador de vida silvestre. Seguí esa pista y me enteré de que el explorador contó algo muy extraño que vio en la montaña: una joven rodeada de serpientes e insectos venenosos en medio del bosque. Al principio pensó que estaba en problemas, pero cuando se acercó, se dio cuenta de que la chica estaba jugando con ellos. Se asustó tanto que tomó una foto de la escena y salió corriendo.
—Entendido.
Después de colgar, Doris jugueteó con Verdín, que se acurrucaba a su lado.
Desde que descubrió su interés por la medicina y la toxicología, pasaba mucho tiempo en la montaña con serpientes e insectos venenosos. Los coleccionaba, los criaba en casa o los dejaba cuidando el jardín de plantas medicinales.
Una vez, un explorador que hacía senderismo la encontró por casualidad, moviéndose con total naturalidad en medio de un mar de criaturas venenosas, y salió huyendo despavorido.
Lo que no sabía era que el hombre había tomado una foto.

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