Si quería ganarse el favor de su abuelo, no podía contrariarlo en ningún momento.
Tras un instante, Noé replicó, indignado:
—Abuelo, ¿escuchaste lo que dije? Fue Doris, esa mocosa, la que me pateó primero. Por eso la insulté.
—¿Y crees que Doris te patearía si no hubieras hecho nada malo? —cuestionó Enrique.
La pregunta dejó a Noé sin palabras. «Pero… ¿qué está pasando? ¿Por qué el abuelo no me defiende y en su lugar protege a esa maldita perra de Doris?».
Rápidamente, llegó a una conclusión: seguro era porque la gente de la familia Palma y los demás invitados que seguían llegando estaban observando desde afuera. El abuelo no podía mostrar favoritismo de manera tan obvia.
¡Todo dependía de las pruebas!
Con esa idea en mente, Noé miró a su alrededor.
—Abuelo, si no me crees, ¡ellos pueden testificar que Doris fue la primera en atacar!
Pero, para su sorpresa, los demás miembros de la familia Villar solo observaban el espectáculo, sin hacerle caso.
Noé no podía creerlo. Que Silvia e Izan se quedaran callados era una cosa, pero que su propio hermano, Héctor, también guardara silencio, era inaudito.
—Hermano, ¿por qué no dices nada? ¿No viste con tus propios ojos cómo esa mocosa de Doris me pateaba?
Rosalinda suspiró para sus adentros: «Este idiota de Noé todavía no lo entiende. La actitud de Enrique deja claro que le agrada mucho la heredera de los Palma».
En ese momento, cualquiera que defendiera a Noé solo conseguiría enfadar al abuelo.
Y si enfadaban al abuelo, sus posibilidades de suplantar a Higinio disminuirían.

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