Al escuchar a Doris, Víctor soltó una risa fría.
—Pues entonces dinos, ¿qué pruebas tienes?
Noé, mientras se limpiaba la sangre de la nariz, también la presionó:
—¡A menos que seas un gusano en mi estómago, no puedes saber lo que estoy pensando!
A pesar de las preguntas y las burlas, Doris no mostró ni un ápice de miedo. Miró fijamente a Noé y, con toda calma, le preguntó:
—Noé, dime, ¿qué regalo pensabas darle a Higinio hoy?
Noé se quedó desconcertado. Su mirada se volvió esquiva, delatando su nerviosismo. Tras un momento, respondió a regañadientes:
—¿Y eso a ti qué te importa?
Doris ignoró su pregunta y continuó:
—No te andes por las ramas. Solo dime qué regalo de compromiso pensabas darle.
Al ver que no podía evadir la pregunta, Noé optó por hacerse el desentendido.
—¡No tengo por qué decírtelo! —gritó.
—¿Acaso tienes la conciencia sucia? —lo desafió Doris—. Porque pensabas regalarle a Higinio cien sillas de ruedas, ¿me equivoco?
Sorprendido, Noé exclamó:
—¿Cómo lo supiste?
¿Cómo podía saberlo Doris?
Para la fiesta de compromiso de ese día, tanto ella como Higinio sabían que ni la familia de Julián, ni su tía Andrea, ni los Villar, se quedarían de brazos cruzados. Seguramente intentarían humillar a Higinio o ponerles trabas de alguna manera.
Por eso, era imposible que no hubieran investigado cada detalle de antemano.
Al ver que Doris no le respondía, Noé miró furioso a Silvia e Izan.
—¿Fueron ustedes los que le dijeron?
—Noé, no digas tonterías —respondieron Izan y Silvia, molestos—. Hemos estado aquí todo el tiempo, ¿cuándo íbamos a poder decirle algo?


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