Dicho esto, Doris se soltó de su agarre con un tirón.
La sonrisa de Carolina se congeló en su rostro. Al ver que no había nadie más cerca, dejó de fingir.
—Doris, sigues siendo igual de desagradecida. Papá y mamá solo aceptaron traerte de vuelta para que tomaras mi lugar y te casaras con el señor Villar. Eres una simple muchacha de pueblo. Deberías estar agradecida de que te dieran la oportunidad de salir del lodo, ¿por qué te empeñas en meterte conmigo? Y encima vas y reconoces a mis tíos como tus padres. Ahora has quedado mal con todos, qué situación tan incómoda.
Añadió:
—Ah, por cierto, no creerás que mis tíos te aceptaron como su hija porque de verdad te quieren, ¿o sí? Es solo porque llevas la sangre de la familia Palma. Si el abuelo se compadece de ti algún día, podrías heredar una parte de la fortuna, y nada más.
Al ver que Doris la ignoraba, continuó provocándola:
—¿Sabes para qué es este edificio, Doris?
Hizo una pausa y respondió ella misma:
—Es para la educación de los jóvenes de la familia Palma. Desde pequeña, he estudiado aquí con tutores privados de alto nivel. Domino todo tipo de artes: música, ajedrez, caligrafía, pintura, varios idiomas...
»Me pregunto cuántas de estas habilidades tienes tú, Doris.
»Seguramente ninguna, ¿verdad? Qué lástima. A tu edad, ya es demasiado tarde para aprender.
»Pero no te preocupes. Tú sabes cultivar la tierra, lavar la ropa y cocinar. Yo no sé nada de eso, así que tendré que pedirte que me enseñes.
Doris levantó la mano y le dio una bofetada a Carolina.
Carolina, tomada por sorpresa, cayó al suelo.
Tirada en el piso, miró a Doris con odio. Justo cuando iba a hablar, vio a Patricio acercándose a lo lejos. De inmediato, se cubrió el rostro, y sus ojos se enrojecieron, como si hubiera sufrido una gran injusticia.
Patricio vio la escena y se acercó furioso. Se agachó rápidamente para ayudar a Carolina a levantarse.

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