Las palabras heladas de Higinio le robaron a Álvaro toda la fuerza del cuerpo. Cualquier justificación que tenía preparada se esfumó en un instante.
Su respiración se volvió agitada y errática, como si una mano invisible le estuviera apretando la garganta. La vista se le empezó a nublar y todo a su alrededor se volvió borroso y distorsionado. Los sonidos le llegaban como un revoltijo caótico y sin sentido, provocándole un mareo insoportable.
—No… hermano… yo no fui… —alcanzó a balbucear.
Un brillo fugaz pasó por los ojos de Rubén, que había permanecido en silencio todo el tiempo, pero recuperó la calma de inmediato.
El único responsable de mover los hilos había sido Álvaro, de principio a fin; él no había movido un solo dedo. Así que, aunque Higinio encontrara pruebas contundentes, sería imposible que le echaran la culpa.
—¡O sea que el responsable de que el señor Villar quedara lisiado fue su propio hermano malagradecido!
—¡Qué golpazo para el señor Villar! No solo quedó inválido, ¡sino que la traición vino de su hermana adoptiva y de su hermano de sangre!
—Enrique ha de estar que no lo calienta ni el sol. Tenía un nieto tan brillante, el futuro de la familia Villar prometía mucho con él al mando, y ahora Álvaro lo arruinó todo.
—Pues ahora veo que los rumores eran ciertos. Decían que Enrique lo mandó lejos porque sentía que le traería mala suerte a la familia, y no se equivocó. Apenas lo trajeron de vuelta y miren el desastre que hizo con el señor Villar, que era la carta fuerte de la familia.
Higinio asintió levemente y le hizo una seña a Manuel, que estaba a su lado. Este captó la indirecta de inmediato y, con una reverencia, le entregó a Enrique las pruebas que tanto trabajo les había costado reunir.
Enrique tomó el grueso fajo de documentos que Manuel le ofrecía y comenzó a hojearlo con la mirada afilada.


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