Al oír eso, uno de los hombres envenenados recuperó algo de fuerza. Incapaz de aguantar la ofensa, se lanzó sin pensarlo dos veces y de una patada tiró a Álvaro de espaldas al suelo.
Como si no fuera suficiente para desahogarse, le pisó el pecho con fuerza un par de veces.
—¡Ah…! —Álvaro soltó un quejido de dolor.
—¡Maldito inútil! ¡Casi me matas! ¿Crees que tu vida alcanza para pagarlo?
—Si no fuera porque tu hermano Higinio te protege, ¿crees que un bueno para nada como tú habría podido volver a la familia Villar y vivir como un niño rico?
—¡Y un miserable como tú todavía se atreve a insubordinarse y a querer reemplazar al señor Villar!
Mientras lo insultaba, el hombre empezó a patearle la cabeza.
Álvaro solo podía cubrirse la cabeza con las manos, soportando la lluvia de golpes y patadas.
Rubén miró de reojo a Enrique y, al ver que no tenía intención de detenerlo, prefirió no decir nada. Cualquier súplica solo lo arrastraría a él también.
Los otros seis envenenados, al ver la escena, sintieron la necesidad de desahogar la rabia que también llevaban dentro.
—Enrique, que quede claro desde ahora: esta se la vamos a cobrar a Álvaro. ¿Es verdad que podemos hacer lo que queramos mientras no lo matemos?
—Así es, con que no lo maten es suficiente. La familia Villar se encargará de la compensación correspondiente y nos aseguraremos de que queden satisfechos —aclaró Enrique para calmar los ánimos de los invitados.
—De acuerdo. Con la palabra del señor, entonces nos llevamos a este inútil esta noche para arreglarlo por nuestra cuenta —dijo uno de los hombres.
Enrique no tuvo ninguna objeción.
—Adelante.
En ese momento, Higinio intervino con una expresión de desconcierto.
—Padre, Álvaro es tu hijo. ¿Vas a quedarte ahí viendo cómo lo humillan de esta manera?



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