—Dos millones.
La mujer abrió los ojos de golpe y miró hacia donde estaba Doris, con una expresión de pura incredulidad.
¡No podía creer que aquella señorita hubiera ofrecido dos millones de golpe!
Noé estaba furioso. Tenía un presupuesto mensual estrictamente controlado de cinco millones, y de eso, ¡no gastaba más de dos en mujeres!
Ese colgante no era más que una baratija. Sí, el diseñador era famoso, pero los materiales no podían costar tanto. Como primer lote, un millón ya era un precio inflado.
¡Y ahora Doris ofrecía dos millones! ¡Debía de estar loca!
El subastador golpeó de nuevo con su martillo.
—¡Dos millones a la una!
—¡Dos millones a las dos!
Noé apretó los dientes. Podía perder contra cualquiera, ¡pero no contra esa maldita de Doris, sobre todo después de que lo hubiera provocado!
—¡Dos millones cien mil! —pujó, rompiendo su regla de no gastar más de dos millones al mes en una mujer.
En ese momento, la voz clara de Doris volvió a sonar por el altavoz.
—Dos millones quinientos mil.
Después de pujar, añadió con un tono desafiante:
—Noé, con esas pujas tan tacañas, mejor ni compitas conmigo. Das pena.
—¡Cállate! —gritó Noé, enfurecido—. ¡Me sobra el dinero! ¡Dos millones ochocientos mil!
Al instante, Doris respondió:
—¡Tres millones!
Noé apretó los dientes y miró el hermoso rostro de la mujer a su lado.
—¡Tres millones quinientos mil! —gritó, sintiendo un dolor en el pecho. ¡Con ese dinero, antes se habría divertido con tres mujeres!
La mujer pasó de la sorpresa y la esperanza al pánico. ¡No podía creer que Noé, provocado, hubiera subido la puja a tres millones y medio!
¿Seguiría la otra señorita pujando contra él?
—A ver, tres millones y medio ya era un precio muy inflado. ¡Pagar cinco millones por un colgante es de tontos!
—¿Será que la heredera de los Palma cree que la fortuna familiar ya es suya y por eso no le importa el dinero?
Rosalinda también estaba sorprendida.
—Prima, pensé que estabas pujando contra Noé para hacerlo gastar de más. ¿De verdad lo quieres? Cinco millones es mucho…
—No importa —dijo Doris, restándole importancia—. Me gusta el colgante, así que vale cinco millones. Además, de paso le doy una lección a Noé, así que no salgo perdiendo.
Era imposible que Noé siguiera pujando por un simple colgante. Encendió el altavoz y se burló:
—¡Doris, te dejo a ti el honor de ser la tonta que pague de más!
—Noé, es obvio que ya no tienes dinero para seguir pujando —respondió Doris al instante—. ¿Cómo te atreves a llamarme tonta a mí? Si no puedes jugar, no juegues. Y pensar que te sientas en los salones privados con nosotros. Bajas el nivel.
Luego, miró hacia la parte de atrás del escenario y dijo en voz alta:
—Francisco, la próxima vez no dejes que gente que no tiene ni diez millones se siente en los salones privados. Le quita categoría a tu casa de subastas.
***

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