—¿Dori? —repitió Doris con una sonrisa burlona—. Qué apodo tan cariñoso. Me recuerda a la primera vez que viniste a verme cuando recién volví con los Palma. En ese entonces, fuiste bastante frío.
La mano de Ricardo que sostenía la bolsa se quedó congelada en el aire.
Doris bajó la mirada hacia el logo de la marca de lujo en el empaque y continuó con su sarcasmo:
—En la subasta me lanzaste amenazas, y ahora por la tarde me traes un regalo así. No creo que lo tuvieras preparado para mí, ¿o sí? Seguramente era para Carolina, pero luego pensaste que sería más útil para ganarte mi favor, ¿me equivoco?
Al ver que sus intenciones habían sido adivinadas con tanta precisión, el rostro de Ricardo se tiñó de vergüenza. La mano extendida no sabía si bajarla o mantenerla así.
—Ricardo, usa un poco la cabeza. Si yo aceptara este bolso, y tu querida hermanita Carolina se enterara de que el regalo que era para ella terminó en mis manos, ¿no crees que me odiaría aún más? Por suerte, a mí no me importa en lo más mínimo que me odie. Si no, el problema sería tuyo, pero la que cargaría con su rencor sería yo —dijo Doris con ironía.
—Mejor sigue adelante y dáselo a Carolina. A mí no me interesa.
—Mira, te daré una oportunidad para que hablemos como se debe, pero no será hoy. Piensa bien lo que quieres decirme y luego ven a buscarme.
El rostro de Ricardo se fue poniendo cada vez más pálido.
—…Entendido. —Con torpeza, bajó la mano que sostenía la bolsa y se dio la vuelta para marcharse.
Ricardo caminaba con pasos pesados.
Había cumplido la petición de Doris y rescatado a la mujer, pero solo había conseguido una oportunidad para hablar con ella. ¿Qué más tendría que hacer para que le diera el antídoto y le perdonara la vida?
Una vez que Ricardo se alejó, Doris se giró hacia la mujer que él había traído.
Era increíblemente hermosa, de rasgos finos y piel tan blanca como la nieve. Parecía un loto florecido en medio del mundo, pero sin una pizca de polvo terrenal; irradiaba un aire etéreo, como si no perteneciera a este mundo.
Al notar la mirada de Doris, Penélope se inclinó profundamente ante ella con una actitud sumamente sincera y le agradeció de corazón:
—Señorita Palma, gracias. Si no le hubiera pedido al señor Palma que me rescatara, Noé ya habría abusado de mí.
Doris fue directa al grano:
—Te salvé por una razón. Quiero contratarte como artista para mi compañía. Si aceptas, me encargaré de protegerte para que Noé no pueda volver a molestarte.
—¡Claro que sí! —aceptó Penélope sin dudarlo—. ¡Trabajaré muy duro para hacerle ganar mucho dinero, señorita Palma!
Para ella, la señorita Palma que tenía enfrente, capaz de librarla de las garras de Noé, era como su segunda madre. ¡Estaría dispuesta incluso a dar la vida por ella!


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