Justo cuando Tatiana terminó de hablar, notó algo extraño: el hombre al volante no era su chofer, sino un rostro que le resultaba vagamente familiar.
¡Era Bruno, el mayordomo de la casa de Julián, al que Doris había despedido!
Tatiana se quedó paralizada, su cuerpo se tensó.
—¡Bruno! ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? —preguntó, alerta.
Mientras lo interrogaba, intentaba discretamente buscar en su celular el número de su esposo, Felipe, para llamarlo.
Pero justo cuando iba a marcar, el carro frenó en seco. Su cuerpo se fue hacia adelante y el celular se le cayó a los pies.
La voz de Bruno resonó en el carro.
—Señora, no se moleste. Elegí a propósito un lugar sin señal.
Tatiana se reincorporó y miró por la ventana. La noche había caído, y todo estaba oscuro. Estaban en una zona marginal y desolada, sin nadie a la vista.
—Bruno, ¿sabes lo que estás haciendo? Soy la señora de la familia Palma. Si mi esposo se entera de que me secuestraste, ya te imaginarás las consecuencias. —Tatiana intentó mantener la calma, dispuesta a negociar—. Da la vuelta ahora mismo, déjame ir, y haré como que nada de esto pasó.
Ya más tranquila, se dio cuenta de que Bruno probablemente quería vengarse de Doris y por eso la había secuestrado a ella. Eso significaba que, por el momento, no le haría daño, sino que la usaría como rehén para amenazar a Doris.
Comprendiendo esto, dijo con serenidad:
—Bruno, si lo que quieres es dinero, puedo dártelo.
Bruno estacionó el carro, se giró y la miró con una expresión sombría.
—¡Claro que quiero dinero, señora! ¡Pero también quiero vengarme de esa zorra de Doris!
—¡La culpa es de su hija, de esa maldita que insistió en echarme de la residencia Palma! ¡Yo trabajé allí durante años, me gané la confianza de Julián y Fátima, y consideraba esa casa como mi propio hogar! ¿Y esa mocosa, esa pueblerina, cuánto tiempo lleva aquí? ¡Llega y me echa, sin ningún derecho! ¡Cuando regrese a la residencia Palma, haré que esa zorra se arrodille y me pida perdón!
Tatiana frunció el ceño.

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